El exceso de elogios daña

Medallistas del salto de longitud masculino en Doha 2019. (Foto: OnCubaNews)

Medallistas del salto de longitud masculino en Doha 2019. (Foto: OnCubaNews)

Lo he reiterado en varios escritos periodísticos, en asambleas del sector y en clases: el exceso de elogios lesiona a colectivos y personas y crea expectativas distantes de la realidad en bastantes ocasiones.

Hay que cuidar el uso de los adjetivos hasta durante el habla cotidiana; mucho más en los textos profesionales; en estos, para no mellar el contenido al alejarse de la verdad, lo que significa propagar engaños, y también evitar deterioros en el estilo.

Los pronósticos sin un estudio profundo, separados de la objetividad, ganados por los anhelos, llevados incluso a consignas, golpean durísimo: la vida desnuda la falla con posterioridad. El upper más contundente lo sufren las masas.

Ocurrió en los más recientes Centroamericanos y Panamericanos, aunque no es error que fustiga únicamente lo agonal, con el añadido de esa mala costumbre de edulcorar con cantos a lo hermoso. Cuando debemos incrementar los logros, peca quien poetiza con el fin de ocultar las caídas.

Para convertir el revés en victoria, como enseñaron Céspedes, Martí y Fidel, primero hay que reconocerlo y dedicarse a buscar en qué se falló, extraer experiencias, trazar planes para salir de la baja. El ocultamiento molesta a los que saben y enajena a los de menos conocimientos sobre el tema, de los que son tan o más dueños que los propios especialistas.

Sucede semejante cuando se califica de extraordinario, de maravilloso, de maestro a deportistas o artistas que muestran condiciones sin llegar a dicha altura. Por desgracia, a veces se hace con personas que no las tienen. Los mayores daños caen sobre quienes dan sus primeros pasos, prometen pero les falta mucho por cumplir, diamantes que necesitan ser pulidos. Tanto endiosamiento irreal puede convertirlos en ciegos creyentes de sí mismos; autosuficientes sin plena suficiencia, además de enturbiarles el largo camino a recorrer.

En el Mundial de Atletismo de Doha 2019 nos pasó. La embriaguez azotó a muchos cuando el saltador de longitud Juan Miguel Echevarría consiguió 8.40 metros en la etapa clasificatoria. Y se colocó la carreta delante de los bueyes. Faltaba la fase decisiva. Había rivales de consideración. Las loas surgidas del corazón obnubilaron: lo situaron en lo más alto del podio antes de tiempo.

No negamos las enormes posibilidades del contendiente, merecedor de reconocimiento, pero con palabras comedidas; no era el campeón aún y está lejos de la calidad de Iván Pedroso; no puede haber llegado a ese nivel con tan poca edad: 21 años. Solo faltó que lo compararan con el mejor de todas los épocas: Carl Lewis, aunque casi…Al nuestro se le calificó, al citar diversas opiniones de los entendidos, como el hombre que puede llegar a los nueve metros. Había que parar el corcel del ensueño viniera de donde viniera. En fin, demasiado a destiempo.

Después, tercer lugar. Los alabarderos creyendo que hacían un bien, lograron un mal: quitar lustre a la presea cuando es un bronce que brilla como oro; muchos, de tan obnubilados, ya veían a la gran promesa con el galardón supremo sobre el pecho y no aquilataron correctamente el resultado.

Un verdadero conocedor del atletismo, Lázaro Betancourt Mella, fue el primero en expresar públicamente los errores cometidos por el competidor amén de criticar la exaltación en demasía. El propio entrenador de Echevarría reconoció, también por televisión, las deficiencias presentadas por su pupilo y cómo se batirán para vencerlas.

El muchacho tendrá el desquite en Tokio 2020. Ayudemos, a él y a su guía, a encarar la lucha. Eso equivale a decirles la verdad y, con inteligencia, estrategia y táctica bien utilizadas, reflejar e interpretar esa batalla.

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