
Por su estilo de pelea atrevido, Julio César en ocasiones termina por irrespetar a sus rivales. (Foto: insidethegames.biz)
La labor de un destacado boxeador cubano en el más reciente programa de la Serie Mundial, me dolió a pesar del triunfo fácil suyo y nuestro. Dolor crecido porque lo admiro y respeto; gozo con sus logros -la mayoría de las veces- y sufro si un revés lo alcanza: el camagüeyano Julio César La Cruz.
Vaya hombre este con estilo tan propio entre las cuerdas. Rumba sabrosa repiqueteando que no te den y dar, con raíces en el genial Chocolate. Precisamente pensé en el Kid, también en Stevenson: jamás se burlaron de sus rivales ni les restregaron su superioridad.
Sé que entre las cuerdas no dan con merengue y no se puede andar bobeando. Riesgo hay en las competencias; no solo las de combate: ¿acaso escapan la gimnasia, las carreras, los lanzamientos, los saltos, la dureza del fútbol y el ciclismo…? Para vivir, el ser humano debe correr esos riesgos o no existe de verdad anudado a lo grisáceo. En el atleta es fiesta interna que, al exteriorizarla, hace festejar a los demás.
Como expresó José Martí: “Los hombres de todos los países, blancos o negros, japoneses o indios, necesitan hacer algo hermoso y atrevido, algo de peligro y movimiento como la danza del palo de los negros de Nueva Zelandia”. No se quedó amarrado a este pensamiento; en diversas ocasiones aclaró: “cuando el dinero impulsa dichos atrevimientos, mancha las actuaciones y las almas de protagonistas y espectadores”.
Fidel Castro señaló: “El deporte es más limpio que la política”. Esa pureza indispensable tiene que ser alimentada, más cuando la comercialización la viola,- se sabe que la política es la opinión concentrada de la economía- y mantiene contra las sogas hasta la creación de Pierre de Coubertin.
La violencia, la corrupción, las trampas (¡ese terrible dopaje!) han sido incrementadas en las lides del músculo al ritmo del poderoso caballero, y aquellas se usan como droga contra las masas, con el objetivo de adormecer lo humano y fortificar la fiera que ruge dentro de cada persona. Salir incólume de este ambiente es harto difícil para competidores y el público. La deportividad es imprescindible para enfrentarlo.
Sin que existiera la palabra (deportividad), el Kid la tenía presente en tanto su labor entre las cuerdas, no así para su entrenamiento y la existencia fuera de ellas; por algo, nuestro primer campeón mundial del pugilismo profesional duró tan poco al ser noqueado por las damas y la bebida. En los excesos se le fue su calidad excepcional. Caballerosidad deportiva se le decía a la citada virtud, al citado sentimiento; como ven, a las mujeres se les dejaba fuera. En mi libro Kid Chocolate. El boxeo soy yo, escrito junto a Elio Menéndez, se refleja esa forma de ser al contender de Yiyi, así le decían de pequeño al as en su barriada del Cerro.
Lo mostró incluso con quienes se comportaron mal con él. Por ejemplo, un rival, John Erickson,(1-10-1928), aupado por sus fanáticos y anonadado ante las maravillosas condiciones del rival, lo despeinó a guantazos ya que apenas podía conectarle y se atrevió a enviarle salivazos con algo de la sangre que manaba de los labios cortados por los golpes. Si bien el injuriado aumentó su ofensiva, lo fue a ver al hospital donde terminó el vencido, departió con él, y muchos años después recordó esa visita:
“Me dijo: no podía hacer otra cosa y no quería quedar desprestigiado ante mi gente; algo tenía que hacerte, perdóname… Claro que lo perdoné. No era un mal muchacho, guapetón, tipo duro que se ganaba la vida en el ring sin ser una estrella. Nos batimos cinco veces y siempre lo superé. Se cuidó de no volver a ofenderme de esa manera. Llegamos a ser amigos ¿qué les parece?”
Del Chócolo traigo otra anécdota, dedicada especialmente al atleta que me inspiró estas líneas al causarme cierta tristeza a pesar de ganar. Alejandro Lugo, quien se convertiría después en magnífico actor, resultó un rival muy difícil sobre el encerado. Consiguió doce victorias consecutivas antes de retirarse motivado por una decisión injusta, los pesos por el medio. ¡Esos malditos pesos cuántas decepciones causan! El futuro artista peleaba con su verdadero apellido: Cordo, y el Chócolo, más que su protector, era un padre para él.
En una oportunidad, Alejandro le daba una tunda a un contrincante mediocre y se le ocurre “inventar” enamorado de sí mismo, para complacer a amigos y seguidores y lucirse ante el Kid, (está en su esquina): utiliza un solo brazo, hace fintas ridículas y ridiculizadoras, sitúa el rostro, la quijada cerca de los guantes del adversario, se ríe ante el desespero y las fallas de este…Cuando regresa a su banqueta, su segundo progenitor no está. Luego, le levantan el brazo. El duchazo. Se viste. Antes de ir a la casa, busca por diversos lados a su mentor y no lo encuentra.
El desasosiego lo agarró por más de una semana: ni rastros de quien lo guía. Cuando por fin se topó con él, Chocolate le reveló que la ausencia no era casual, se le ha escondido: “No quería verte, ni saber de ti… Estoy muy disgustado contigo: lo que hiciste en esa pelea es injusto. A ningún adversario se le debe humillar, ni burlarse de él. Pero, quiero darte una oportunidad. Tienes que prometerme que nunca más harás algo así o no te quiero más a mi lado…”
Muchos años después, Lugo, aguado los ojos debido al recuerdo, nos confesó a Elio y a mí: “Lo prometí y lo cumplí. Esa lección fue muy importante para mí y no solo para los lances deportivos; mucho me ayudó para todo en la vida.

EN fin, de que habla el articulo de Kid Chocolate o de La Cruz??? Agradeceria una buena respuesta por parte del escritor de esta basura