Cara a cara con Alfredo Evangelista, el retador de Muhammad Alí

Alfredo Evangelista enfrentó a Muhammad Alí por el título mundial en 1977. Foto: Internet.

En cuanto me lo comunicaron mis colegas Daydée Esther Díaz y Manuel Guerrero, rápido fui al encuentro con el exboxeador uruguayo Alfredo Evangelista, quien estaba de visita en La Habana.

No andaba solo en pos de la noticia. Iba tras el ser humano, con logros y reveses más allá del ring. No había sido la perfección en su vida. Quien se crea perfecto, levante la mano y la vida se la va a bajar con brusquedad.

Tenía que contarme, que contarnos. Se marchaba al día siguiente, el tiempo no permitía ahondar como debe ser, pero algo extraje, aprendí y valoré del expúgil establecido ahora en España.

A tierras ibéricas llegó con 19 años y surtió efecto el llamado del entrenador cubano Evelio Mustelier —Kid Tunero era su nombre de guerra cuando peleaba—, instaurado allí antes de la Segunda Guerra Mundial.

Mustelier, vencedor de tres campeones mundiales, no llegó a poseer la corona porque no estaba en juego en esas peleas. Después, ni hablar de darle la oportunidad en un combate con el cetro en disputa.

El entrenador cubano trabajó con el muchacho. Le agregó técnica, habilidades indispensables al corajudo atleta.

Al periodista de Prensa Latina Raúl del Pino Salfrán, Alfredo le expresa en la conferencia de prensa: “Él quería  (Kid Tunero) entonces un peso pesado que fuera una promesa abierta, y un amigo suyo me vio cuando yo era amateur. Entonces me propuso irme para allá y me nacionalicé español”.

A golpes obtuvo fama y crédito el joven sediento de gloria y necesitado de ganarse la vida sobre el cuadrilátero, en el cual acumuló 14 victorias. Esa sería su antesala para enfrentar a Muhammad Alí.

Maryland, 16 de mayo de 1977. El retador tenía 21 años. En la instalación, 12 mil personas. Trasmitieron para el mundo por varios canales de televisión.

“Por poco me lo llevo en el round 12. Le pegué durísimo, lo puse mal. Supo reponerse y de ahí en adelante impuso su grandeza”, recuerda triste sin dejar de ponderar las cualidades del estadounidense.

Perdió por decisión en 15 capítulos, no decepcionó a sus guías y sus seguidores, ni a los fanáticos hambrientos de trompadas y sangre. Terminó de pie y batido de tú por tú con uno de los boxeadores más grandes de todos los tiempos.

Cuando un año después se enfrentó a otro amo de la división, Larry Holmes, no era el mismo: cayó por nocaut en ocho rounds. Se asomaba el desgaste que regala la especialidad y, además, su nuevo manager, lo obligó a pelear pese a que su pupilo estaba enfermo, acción lógica en el boxeo rentado.

Después, lo de casi siempre, cuesta abajo fue su carrera. Los negociantes buscando nuevos galgos para esta carrera bestial donde muy pocos terminan agarrando a la liebre. Y ni así, la felicidad siempre llama a su puerta. Se le fue acabando lo obtenido en las bolsas. Hacia otros empleos. En un centro nocturno.

La pobreza mordió hasta el error. Pagó sus culpas tras las rejas. Se siente un  mejor hombre al salir: la cárcel  no lo pudrió. Lucha por sobrevivir en una sociedad injusta sin cometer injusticias Dice que ha aprendido su lección.

Manos amigas lo socorren. La principal ayuda viene de él mismo. Avanza por caminos mejores, aunque lejos de la opulencia. Aun así no se queja y prefiere dolerse por Kid Tunero: “Terminó en la miseria, recogido en una casa para ancianos. No merecía ese final”, dijo.

Mucho me faltó por profundizar en la existencia y los sentimientos de Alfredo Evangelista. Pudieran convertirse en un libro muy diferente a las biografías clásicas, que estremezca desde triunfos y derrotas, imperfecciones y realidades, bondades y desatinos.

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