Giraldo Córdova Cardín: la historia de un boxeador invicto

Giraldo Córdova Cardín brilló sobre el ring y como revolucionario. Foto: Diseño COCO.

El jab, látigo sobre el rostro del rival. Ahora, hunde la derecha abajo. Sale bailando. Esquiva.  Ataca de nuevo. Hace diana varias veces. El contrario se tambalea. Es el último round. Su labor no deja dudas. Ya le levantan  el brazo. Vencedor: Giraldo Córdova Cardín. Sexto triunfo al hilo. Este welter prometedor ha mantenido el invicto. De nuevo ha brillado sobre el ring de la arena Rafael Trejo.

¡Trejo! Supo por el escrito de ese hombre alto, impresionante, de frases certeras., de la existencia del joven asesinado a los 20 años de edad durante el machadato. Ha visto varias veces a aquel, enfundado un trajecito muy usado,  soltando unos discursos durísimos. Sin esperar actos ni tribunas.

Los comprende. “No soy un bruto aunque tuve que dejar las aulas e irme a trabajar  sin pasar a la secundaria. La miseria, cará…, la miseria. Pobre y negro… Es una maldición para esta sociedad (Cuba neoclonial)…”.

No dejó de leer, de instruirse. José Martí le llegó muy adentro. Jamás enclaustrado en las palabras. Cuando el Golpe de Estado del 10 de Marzo, acudió a la Universidad de La Habana. Decían que iban a repartir armas allí para enfrentar a los usurpadores. No fue verdad la promesa. Defraudado andaba, pero supo de aquel escrito, el de Fidel Castro: ¡Revolución no, zarpazo! Le levantó el ánimo. El final le invadió el alma sobre todo.

Como señaló Fidel en el manifiesto, a pocas horas de la vileza batistiana: “Cubanos: Hay tiranos otra vez, pero habrá otra vez Mellas, Trejos y Guiteras”. El púgil buscó y disfrutó textos acerca de los revolucionarios nombrados en esas líneas.

La juventud ortodoxa se dispuso cambiar la escoba de Eduardo Chibás por el fusil. Transformación indispensable para acabar con los males de la República. Conoció del movimiento que se creaba, el 26 de Julio. Entró en la célula de Chenard. Entrenó no solo para los avatares del pugilismo. Entendió mejor los pasos necesarios. Al coraje demostrado en varias ocasiones contra los esbirros había que encontrarle cauce.

Recuerda aún el enfrentamiento al teniente borracho que orinaba en medio de una acera en Marianao, al salir de una barrita en Menocal y calle Real, y que soltó improperios a dos mujeres porque lo requirieron. El guardia intentó sacar la pistola. El muchacho estaba dispuesto a propinarle un puñetazo. Suerte que otro oficial, sobrio, al parecer menos estúpido, evitó la trifulca y se llevó al tipejo. Esa discusión podía haber terminado mal.

Trompada sí dio contra otro policía que sojuzgaba a un viejecito conductor  de la ruta 20. Topó con el abusador y sin decirle algo, “lo puso a dormir de un derechazo”. Le podían contar mil. Debió esconderse por un tiempo porque aunque el noqueado no lo vio bien —solo sintió la patada de mulo— quería desquitarse. Sí, había que encauzar tanto ímpetu.

Noche del 25 de julio de 1953. Nuestro welter invicto realizará su séptima pelea. Le espera una sorpresa. Sus amigos compraron una bata y unas zapatillas para que las use en la nueva victoria. La sorpresa caerá sobre ellos.  Su ídolo no acude a la cita. Pierde por no presentación. Hay chiflidos, gritos, patadas de protesta en el público. Mientras, Giraldo, en la madrugada del 26, lanzaba  uppercuts a la muerte en un cuerpo a cuerpo en el cuartel Moncada.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *