
Kid Malayo, un hombre que subió al ring solo para mitigar el hambre. Foto: Internet.
Lo hicieron boxeador a la fuerza. “Fue así, debido al hambre”, dice al narrar el único encuentro sobre el ring de Kid Malayo, a quien pocos llaman pro su nombre Miguel Ángel Lauzurica Díaz.
Todavía tiene ganas de reírse, aunque se acaricia la mandíbula cual si le doliera por las trompadas recibidas en aquella incursión, este matancero nacido el 29 de septiembre de 1903, que era un “busca vida” en su ciudad natal, luego en La Habana y en el extranjero.
“No había nacido en cuna de oro, ni era un joven hermoso. Mis ganas de estudiar eran del tamaño de la Sierra Maestra, pero más grande era la miseria de la familia y me vi obligado a trabajar”, comentó.
Continuó así: “Había que buscar los frijoles y lo intenté en un circo de barrio. Hacía de todo: lo mismo le daba comida al león viejo que ayudaba a bajar y subir la carpa”.
Antes de continuar, vuelve a acariciar su quijada: “En el espectáculo había un número especial donde participaba el público: con nosotros iba un boxeador retirado y se ofrecía dinero a quien se le enfrentaba: un peso por cada round que le aguantaran. Óigame, ni un quilo fue a parar al bolsillo de los atrevidos que recibían una tunda tremenda”.
Parece emocionado al relatar: “Aquella noche el púgil estaba tan aborracho que ni con varios baldes de agua por encima se recuperó. Y al dueño se le ocurre sustituirlo conmigo. Lo primero que perdí fue mi nombre porque el anunciador al presentarme, después de inventar viajes y títulos, me llama Kid Malayo. Desde entonces, ni en mi casa me llamarían Miguel Ángel Lauzurica Díaz: soy Malayo”.
Su mano abierta retorna un rato al mentón: “Y por poco pierdo la vida ante aquel guajirón de más de seis pies y unos deseos enormes de ganar la plata. ¡Qué clase de paliza me dio…!”.
Para su suerte aquella relación con el deporte no terminó. “Me ligué a un grupo de boxeadores profesionales y de chofer de ellos fui a España. También aprendí la técnica del masaje. Aunque ellos volvieron a Cuba, allí me mantuve y, cuando Kid Chocolate estuvo de gira por allá, le manejé el carro. Tenía dos trabajos: masajista y entrenador del gimnasio Madrid Boxer y cantinero en un establecimiento del edificio Madrid-París en la Gran Vía. En eso me agarra la guerra”, cuenta Malayo.
Rememora entonces la contienda bélica: “Me presenté a los pocos días del levantamiento en el Batallón Deportivo adjunto al Quinto Regimiento para recibir instrucción militar y defender la República. El 6 de noviembre de 1936, cuando los fascistas iniciaron el cerco a la capital, fuimos trasladados hacia la orilla del río Manzanares, a un costado del puente de Toledo. Resulta indescriptible el cuadro que presentaban los ancianos, mujeres y niños, marchando hacia las afueras para ocupar sus puestos en las trincheras”.
En las acciones de Casa del Campo un balazo lo envía al hospital. “Cuando me recuperé de la herida, regresé a la unidad. Hacia Albacete partí, con dos argentinos y un colombiano, para integrar las Brigadas internacionales el mando del comandante Coopi. Me vuelven a herir aunque leve en la retirada hacia el río Ebro”, agrega.
Al anunciarse oficialmente el adiós de los voluntarios extranjeros, ”(…) los cubanos fuimos remitidos a Port-Bou, pueblo cercano a Francia. Cruzamos la frontera lo que hicimos con una caminata de cerca de 40 kilómetros. Las autoridades galas nos internaron en el campo de concentración de la playa de Argelés-sur-Mer bajo una helada terrible. Nos daban de alimentación unas lentejas salcochadas que parecían de concreto”.
Suspira como si hubiera pasado hace unos minutos: “Por fin finalizó aquel cautiverio. Salimos del puerto de La Pallice a bordo del vapor Órbita y volví a ver La Habana en 1939”.
No interrumpió los lazos con el deporte, llegó a tener una tienda en el Gran Stadium del Cerro, ahora Latinoamericano, y terminó sus días siendo un trabajador del Instituto Nacional de Deportes, Educación Física y Recreación (Inder).
Nunca he olvidado aquella entrevista, de un hombre que fue boxeador a la fuerza, pero un campeón de la vida.
