La última entrevista de personalidad a Kid Chocolate (I)

El libro “Kid Chocolate, el boxeo soy yo”, relata la vida de uno de los grandes campeones del boxeo cubano. En la foto: Kid Chocolate, tercerro de izquierda a derecha. Foto: 3.bp.blogspot.com)

Con motivo del aniversario 500 de la capital de todos los cubanos, que se cumplirá en 2019, traeremos a este espacio a diversos símbolos deportivos nacidos en La Habana.

Abrimos la lista con Eligio Sardiñas Montalvo “Kid Chocolate“, el primer campeón mundial de boxeo de nuestro país y uno de los más grandes pugilistas de todos los tiempos. Precisamente, hace 30 años, exactamente el 8 de agosto de 1988 falleció en su Cerro natal, aunque continúa vivo en los recuerdos de sus compatriotas, y ha sido básico, con su visión de dar y que no te den, en la Escuela Nacional desarrollada por esta disciplina, buque insignia de la Mayor de las Antillas en las justas internacionales.

Cuerpo a cuerpo con el as

Era una tarde dominical tranquila, demasiado tranquila, de 1979. Poco aire y calor aceptable para Cuba. El encuentro con el campeón se escenificaría en la terraza de su espacioso hogar, frente al parque José Raúl Capablanca, en Almendares; la gente lo llama parque Japonés.

Deja el libro que estaba leyendo sobre una mesita (María, de Jorge Isaac, edición Casa de las Américas), baja el volumen del radio: programa de tangos, y ¡alza la guardia! Comienza el cuerpo a cuerpo con el Kid.

Es la misma ropa y no es la misma ropa; es el mismo cuerpo y no es el mismo cuerpo; es el mismo hombre y no es el mismo hombre.

Con su ropa, tenía el brillo especial de lo bueno y lo nuevo, conquistó el título del hombre mejor vestido del mundo para asombro del actor Adolfo Menjou. Los hombres y las mujeres lo admiraban con ella y sin ella, cuando era artista entre las cuerdas; para las damas, otro era el cuadrilátero y otras las artes. También posó desnudo para los fotógrafos y su cuerpo ebánico multiplicado miles de veces fue vendido a peseta por las calles de la Isla.

Ahora, arrastra las piernas mientras camina hasta su cuarto; las manos acarician un sombrero de mujer, furor de los años veintipico, actualmente pieza de museo y de risa para los demasiados jóvenes.

―¡Ah!, este perfume del sombrero…todavía lo siento. Eso, el sombrero, me traen recuerdos (En la cara, la malicia) ¡Qué norteamericanita! 18 años y un cuerpo duro, de nieve, pero caliente, nieve y fiebre. ¡Qué clase de combinación! Esas aventuras me buscaban cada lío con Pincho… Y él: cuídate, Chocolate, que tienes que llegar a campeón del mundo. Yo le decía que sí con la cabeza, con los ojos, con la garganta, pero yo quería ser campeón en la cama también. Fíjate que cuando debuté en Nueva York, me tuvieron que ir a sacar entre las piernas de una bailarina, una tremenda mulata que me gustaba un mundo. Si yo hubiera llevado al pie de la letra el código sagrado del boxeo, habría durado más, aunque… poco tendría que contarles excepto de puñetazos y esquivas. A lo mejor aburría.

Observa el sombrero, lo huele como si quisiera atrapar el perfume que ya no está. Los demás solo percibimos olor a tela vieja, tan vieja como el agujero a un costado y lo gris que inició un baile vencedor sobre lo negro hace tiempo.

―Cierro los ojos, y la tengo enfrente, le acaricio los senos, le bebo ese olor a hembra ligado con el perfume… Me quito cien años de arriba.

Se sienta en la silla.

―Usted sigue siendo un gran enamorado.

―Moriré siéndolo. Allá quien no lo sea. Lo que se pierde. El amor es lo más precioso del mundo, sobre todo si es correspondido. Y hasta no siendo correspondido. Estoy por el bolero aquel (intenta cantar con voz ronca):

“… qué saben de la vida, los que no han sufrido, los que nunca han tenido una pena de amor.”
― ¿Le gusta la música?

―Todo lo que sea música me alegra, menos la fúnebre. Pallá, pallá…

― ¿Cantaba?

―En la ducha, en el rincón de cualquier bar. Lo mío era el ring. Todos no pueden cantar, algunos tienen la cara tan dura como sus cuerdas vocales y hasta salen por televisión. ¿Cantar? Benny Moré, el campeón de Cuba en eso. ¡Y no porque fuera mi amigo!

Juntos, los dos ases, en una barra, saboreando ron y cerveza, matándose el estómago con Peralta si el dinero escasea, haciendo un dúo, siendo felices, pequeñamente felices sin darse cuenta de tantas mordidas contra ellos, contra todos.

―Soy tanguero número uno todavía: lo mismo escucho a Libertad Lamarque que a Hugo del Carril. ! Mi preferido, claro, es Gardel. ¡Ninguno le llega a los calcañales! Oigan…

Sube el volumen del radio, y la voz del Morocho del Abasto reafirma las palabras del Chócolo mientras hay nudos en las gargantas al ritmo de la canción.

―No debió morir así, la vida fue injusta: un tipo tan chévere. Iba a venir a Cuba. Me lo dijo allá en Francia. No se ha muerto: nos canta. Escúchenlo.

1933. Los puños del cubano han dado cuenta de Nick Bensa (dos veces) y Franz Machtens en su gira por Europa. En París, reencuentro: el dandy Ramón Castillo, natural de Santiago de Cuba, púgil que peleó por todo el Viejo Continente y hasta en Asia, hijo adoptivo del alcalde de Budapest e integrante de una escuadra de boxeadores húngaros. El Barón Cubano -así lo nombran- invita al Kid al cabaret Montmartre, con una condición…

―No debes leer los cintillos en la marquesina, ni ver las fotos de la entrada. Te tengo una sorpresa, ¿de acuerdo?

Chocolate acepta. Ya están cerca de la pista. Hacia la mesa reservada. Dos rubias los esperan sentaditas: harán más agradable la estancia de los dos deportistas.

1979. Luego de la sonrisa que permite ver un arcoiris donde el tiempo ha birlado colores:
―Yo estaba mareado entre tanto champán, el ambiente, la candela de la francesita, y me había olvidado de la sorpresa.

Otra copa, otro beso largo. La pista se ilumina. El reflector sigue a una figura.

― ¡Lo conozco, lo conozco!

La sonrisa ancha, brilla la dentadura de Carlos Gardel. Antes de cantar, el Zorzal Criollo se acerca a la mesa de los antillanos y dice:

―Hoy tenemos con nosotros, para orgullo de todos y en especial para mí, a un gran boxeador, a un cubanito que a fuerza de coraje y tesón se ha abierto paso en el duro mundo que es el boxeo profesional, lejos de la tierra que lo vio nacer. Ese cubanito, ustedes han oído hablar mucho de él, se llama Kid Chocolate…

Las luces. El Kid. De pie, las manos enlazadas sobre la cabeza, saluda. Lo aplauden. Gardel y Chocolate son un abrazo. Luego de su labor, el cantante se sienta a la mesa del astro del cuadrilátero y comparten como si se conociera desde edades tempranas.

―Era un tipo bacán, me parece que lo estoy viendo. Decenas de cuentos me hizo mientras empinaba el codo sabroso y miraba con los ojos agrandados a las muchachas. Nunca olvidó su origen arrabalero, buen amigo, servicial, jamás vanidoso y cantaba como nadie. Todavía es el mejor: Gardel es el tango. Después, me visitó en Nueva York y yo puse la fiesta. La corrimos en grande. Su muerte no la comprendo aún; me golpeó muy duro… Dale, vamos a venderle a la tristeza.

Continuará…

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