La última entrevista de personalidad a Kid Chocolate (III)

El libro “Kid Chocolate, el boxeo soy yo”, relata la vida de uno de los grandes campeones del boxeo cubano. En la foto: Kid Chocolate, tercerro de izquierda a derecha. Foto: 3.bp.blogspot.com)

Con motivo del aniversario 500 de la capital de todos los cubanos, que se cumplirá en 2019, traeremos a este espacio a diversos símbolos deportivos nacidos en La Habana.

Abrimos la lista con Kid Chocolate, el primer campeón mundial de boxeo de nuestro país y uno de los más grandes pugilistas de todos los tiempos.

30 de noviembre de 1928. Chocolate contra Joe Scalfaro. 19 mil fanáticos. El cubano favorito cuatro a uno en las apuestas. Con el norteamericano, la mayor experiencia. Con el visitante, el ímpetu juvenil y la técnica superior.

Aquí en el Garden de estelarista, mi madre, qué dirán en La Habana mis ambias* si me vieran, estuvieran contentos, me conformaba con un puestecito y mirar desde allá las peleas, estoy de estelarista, la campana, Pincho me dice algo me tengo que virar…

Scalfaro no pierde tiempo. Fiera sobre el oponente. Derecha al mentón. Cae el atacado. Uno, dos, tres… Se levanta tambaleando antes del número fatídico. El veterano trata de rematar, Chócolo no lo permite: busca, prolonga el abrazo, bloquea derechas e izquierdas, coloca las suyas de vez en cuando. El gong. Al descanso.

En la esquina trabajan duro con Chocolate. Pincho se muerde los labios hasta sacarles sangre. “Tú eres el mejor, no pierdas la cabeza. No te fajes con él, desde lejos. El jab, mucho jab, cruza con la derecha. Dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete capítulos de los diez programados. El cubano levanta, sin brillar como en otras oportunidades; se ha repuesto del mal inicio, mas le falta creatividad. En la esquina, masajes, agua, esponja, consejos. El Kid entorna los ojos, como si las luces le molestaran:

―Pincho, ¿cuándo empieza la pelea?

La palabrota del aludido desea romper hasta las ventanas. Su atleta ha combatido inconsciente siete asaltos debido al instinto del boxeador.

―Te tumbó, y ya estás bien. Pelea como tú sabes y el combate es tuyo.

― ¿Me tumbó? No puede ser, no ha nacido nadie…

Convierte la terraza de su casa en cuadrilátero por décimas de segundo y aún tira su golpe y esquiva sentado en la poltrona.

―Yo creía que nadie me podía tumbar. Cosas de juventud. Uno se piensa invencible. Le fui pa´ arriba con todo lo que tenía y sabía. Los jueces dictaminaron tablas. Cuando salí de la instalación, algo triste, volví a decirle a Pincho: “No, no puede haberme tumbado”. Me compró un periódico nocturno para convencerme. Allí yo estaba tirado y Scalfaro cerca, en una fotografía. “¡Me tumbó, me tumbó…!”, grité y puse cara de bobo tan bobo que Pincho me abrazó y me dijo:

― ¿Cómo te vas a poner triste? Te graduaste, ahora sí eres boxeador. Te has sabido levantar, has sabido pelear desde abajo, y en tu debut en el Garden.

―Tenía razón como en la mayoría de los casos.

― ¿El más técnico al que se enfrentó?

―Fidel la Barba. Se viraba a las dos manos, todo lo hacía bien, era valiente y asimilador. Nos enfrentamos tres veces: gané dos y él una.

La Barba fue campeón olímpico en 1924. En 1928 usted tenía 18 años, ¿le hubiera gustado participar en los Juegos de Ámsterdam?

―Ya lo creo. ¡Ser campeón olímpico…! Lindo… Mi época no me permitía soñar siquiera con Olimpiadas. Desde chiquito tuve que inventar para comer y con hambre no se puede estar buscando glorias olímpicas. En Cuba no se daba atención al deporte amateur, ni a nada, ¿cómo iban a ocuparse de mí, un negrito nacido en un solar del Cerro?

Eran cinco hermanos…

―Dos hermanas sirvientas, la vieja fajada en la batea con bultos de ropa más grandes que la Sierra Maestra. Al viejo lo perdí cuando apenas yo decía papá; los pulmones, ¿saben?
En cuanto levanté algo más de un metro del suelo, quise sacar a la familia de la miseria. Ni pensar en la escuela; la dejé en primaria para luchar en la calle por la papa mía y de la casa.
Vendí periódicos, limpié zapatos, de todo un poco. Le puse los ojos encima al boxeo: yo anunciaba los rounds subido en el ring de la arena Colón, con el cartelito con el número arriba de mi cabeza. Mi hermano Domingo había probado en el boxeo ya, fue el primer Kid Chocolate; lo imité, le tumbé el nombre y adopté el estilo de los buenos peleadores que venían a Cuba, le agregué lo mío y me salió bien.

Traen varias jarras de cerveza y se da un trago largo:

―Con el ron ya no puedo; dice el médico que me noquea y pa´ siempre. Tengo que pelear con la cerveza.

Se ríe de su propio chiste antes de soltar:

―Ahora sí los deportistas cubanos lo tienen todo. Los boxeadores estudian, ¡estudian! Nunca lo hubiera creído.

― ¿Qué opina de nuestro boxeo actual?

―Es el mejor del mundo en el límite del amateurismo. A mí que peleaba 10 y 15 rounds, me aburre en algunos momentos. Comprendo que es más humano, más limpio y se cuida al hombre. Son dos deportes diferentes. Aunque siempre es duro: allá arriba no dan con merengue.

Se incorpora algo en el asiento, lanza jab y upper, esquiva…

―Si organizaran torneos mundiales de boxeo sentado, yo sería el campeón.

Mueve la cabeza y el tronco con rapidez y ritmo. Se calma y opina:

―Pienso que nuestros muchachos pelean muy parados, se quitan pocos golpes, no se desplazan hacia los lados y copian del mal boxeo europeo. Digo del malo porque Europa ha tenido buenos boxeadores. Se pega demasiado arriba y olvidan que por abajo se ablanda al más fuerte. Algunos árbitros se apuran en romper el cuerpo a cuerpo. Allí se debe pelear más y mejor. Los más técnicos se retiraron: Rolando Garbey y Enrique Regüeiferos. El segundo manejaba muy bien el hook de izquierda. No hay otro como el suyo en el boxeo cubano de ahora.

― ¿Son los que más lo impresionaron?

―No exactamente, son los más técnicos. De estos tiempos, quién más me impresionó fue Douglas Rodríguez.

―No era técnico…

―Cierto, pero aprovechaba más que ninguno las oportunidades. Era agresivo y eso es importantísimo: sabía que su negocio era pegar y salía a hacerlo sin dar respiro al contrario, buscaba los puntos débiles, se metía en la guardia ajena, trataba de colocar los golpes donde más daño hicieran. Jamás intentó boxear; iba a lo suyo y mantenía ocupado al contrincante, sin dejarle realizar el plan de pelea trazado.

―Usted nos dijo…

―Sí, ya sé: el boxeo es dar y que no te den. Eso no indica que esté en contra de los fajadores. Estoy en contra de los que cogen para dar, de los que para conectar olvidan la defensa.

Siempre hay que arriesgar; eso no significa regalarse. Quien dependa de un solo golpe, si tiene ante sí a un hombre con buena defensa, está frito. Por mucho que usted pegue, debe llevar su plan de pelea, tener repertorio, saber combinar, trabajar arriba y abajo, según el momento y los adversarios. Espera, estamos hablando sólo de boxeo…

―Vale la pena, campeón.

―Sí, es un tesoro que ha crecido: pero Cuba ya no es únicamente pelota y boxeo en el deporte. Tenemos de todo, estamos entre los primeros países del mundo, la mujer se ha incorporado… El desarrollo del deporte cubano es un hook al hígado (Tira el golpe).

―De esos que usted propinaba en sus buenos tiempos.

― ¡Muchachos…!, con el hook gané mis primeras ocho peleas en Estados Unidos. Cuando los contrarios se percataron de sus estragos, se cuidaron mucho de él y… me daban entrada para otros tipos de puñetazos. Empleé el hook para contragolpear, y también para iniciar ataques, preferentemente al hígado.

*Ambias: Expresión cubana para referirse a sus amigos.

Continuará…

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