
Kid Chocolate. (Foto: sport.ua)
Con motivo del aniversario 500 de la capital de todos los cubanos, que se cumplirá en 2019, traeremos a este espacio a diversos símbolos deportivos nacidos en La Habana.
Abrimos la lista con Kid Chocolate, el primer campeón mundial de boxeo de nuestro país y uno de los más grandes pugilistas de todos los tiempos.
― ¿Sintió odio por algún adversario?
―Nunca. Ni allá arriba ni abajo. En cierta ocasión, les presto el carro a unos amigos en Estados Unidos, y quien te dice que se van por ahí, chocan, se vuelcan y la muerte carga con el grupo.
El carro, casi de paquete, lo desbarataron y no sirvió pa´ más ná. Alguien me dijo: “Chócolo, te fastidiaron el auto esos tipos. Hasta después de muerto debes odiarlos…” Le respondí: “No seas salvaje. Un automóvil es un pedazo de metal que camina. Me compro otro o voy en tranvía. Ellos eran mis amigos y valen más que todos los carros del mundo. A ellos sí no les puedo devolver la vida. ¿Dónde se la compro, dime…?”.
― ¡Por los amigos! (Apura el resto de la bebida) La vida y la amistad valen más que todas las riquezas y comodidades, periodistas. Hay amigos de ocasión y amigos de verdad; he conocido de los dos tipos. De niño tuve buenos amigos: Filomeno, Chorizo… Con ellos jugué hand ball y pelota. De hombre, Pincho, Luis Piñero, Black Bill… Y, fíjate, a los tipos más duros que enfrenté en el ring nunca los odié ni me odiaron: fueron mis amigos en la calle, amigos de verdad: Tony Canzoneri y Jack Kid Berg. Por cierto…
Deja la conversación trunca porque inicia la lid con otra jarra de cerveza. Señala a una figura imaginaria en el horizonte, luego:
―Canzoneri, Canzoneri… La vida, la vida… Aquel perro de presa con el que me fajé dos veces y me ganó las dos, aunque aún creo, honestamente, que la primera se la regalaron los jueces. Bueno, ese Canzoneri era un tipo sabroso. Me acuerdo que estábamos retirados los dos y como él cantaba bonito, una voz pequeña, dulce, melodiosa, trabajaba en un cabaret neoyorquino, y lo fui a ver. Estaba casado con una bailarina del show. Linda trigueña, busto, caderas y piernas de portada de revista con colores. Me pareció un buen romance. Regreso a La Habana con la comitiva de Kid Gavilán, aquel excelente boxeador, pero tan pesado como un raíl de línea que por algo terminó como terminó: traidor a sus amigos, traidor a su pueblo.
Otro trago:
―Regreso y, a los pocos meses, me entero del problema de Canzoneri. La mujer lo dejó. Mira que él le rogó, le lloró, dicen que hasta le llevó serenatas con violines y trompetas: ¡a su esposa y bajo la nieve en aquel palacio de hierro que es Nueva York! Y na: ella estaba hecha de roca y no de amor. Tony se retiró a morir: un suicidio lento. Se negó a comer y se nos fue destruido aquel hombre que yo conocí, aquel boxeador, tan duro, implacable sobre el cuadrilátero. Sentí una pena aquí (se toca el pecho); lo estimaba, valía. Ya tú ves, un tipo duro y el amor lo noqueó.
(Buscamos la historia y no se pudo confirmar. En el The Ring que poseemos, ni siquiera se consigna la muerte de Canzoneri. Tal vez, es otro el atleta y Chóloco se confundió. No obstante, ese púgil que murió de amor es una narración tremenda; quizás, surgida de la imaginación febril del astro, incrementada con las frías: iba por la tercera jarra. No por gusto, en un encuentro con Nicolás Guillén en la UNEAC (1980), el Poeta Nacional calificó al as cubano de cuentero maravilloso o inventor de maravillas.)
― ¿El boxeador más grande que conoció?
―Joe Luis, no hacía nada en falso. Claro que hubo muchas estrellas: Benny Leonard, por ejemplo; era buenísimo, pero lo vi en los finales. Dempsey era el huracán. ¡Qué salvaje! ¡Qué hombre más terrible!
― ¿Y de los cubanos?
―Black Bill, Kid Charol y Kid Tunero.
― ¿Cómo se clasifica usted?
―No soy quien debe hacerlo. Los encargados de ello me llevaron al Hall de la Fama.
― ¿El peor defecto de un ser humano?
―La pedantería. Tampoco soporto a los engreídos. Conmigo no tienen cabida.
― ¿La mayor virtud?
―La sinceridad. Un amigo sincero no tiene precio, a veces es más que un familiar. Para mí lo fue Pincho; ese blanco fue mi sangre, mi hermano, mi padre. Nunca tuvimos un contrato firmado: no hacía falta. Era un hombre entero. Hubo tempestades entre los dos; siempre nos hermanamos. En la calle era más boxeador que yo, no pasaba una. Montón de veces tuve que separarlo en broncas, hasta con magnates y bandidos. No le tenía miedo a nadie. Después de mi pelea con Jerome, en diciembre de 1938, me llamó y me hizo retirar. Me dijo tanta verdad: yo no era el mismo, pelear iba contra mi salud y mi moral de atleta. Yo sabía que estaba acabado desde que Canzoneri me noqueó en dos.
― ¿Por qué no se retiró ahí mismo?
―Porque era lo que aprendí: a boxear. Tenía que vivir de mi profesión. Aparte, es fácil comprender que uno va hacia abajo; lo difícil es decir adiós. ¡Eso es duro, compadre! Es como abandonar el amor estando enamorado, ¿comprendes?
― ¿Alejandro Lugo fue como un hijo para usted?
―Cierto. Buen boxeadorcito, quiero que lo sepas. Actuaba con su nombre verdadero: Alejandro Cordo. Después se hizo actor y es de los buenos. Nos queremos mucho.
― ¿Es Chocolate un hombre joven a los 69 años?
―Si amar la vida, apreciar lo bello de ella es ser joven, lo soy todavía. Así seré hasta el final, te lo advierto.
Nueve años después, el 8 de agosto de 1988 exactamente, Kid Chocolate moría. Alejandro Lugo tuvo a su cargo el discurso de despedida en el Cementerio de Colón:
“―En el Cerro nació un príncipe negro y, gracias a su calidad deportiva y a sus condiciones humanas, se convirtió en un rey negro que paseó su gloria por el mundo”.
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