
Giraldo “Niño” Valdés. (Foto: deportescineyotros. wordpress.com)
“Te quiero con alma de niño, con alma de Niño Valdés (…)”. Esa frase de una canción escrita a mediados del siglo XX no nacía de la admiración sino de la burla hacia el púgil cubano Giraldo “Niño” Valdés (1924-2201).
La humillación fustigaba más a las personas humildes en cada show televisivo antes de 1959. En el de aquella noche trasmitían una competencia para ver quién comía más filetes frente a las cámaras.
La grasa jugueteaba por la boca, las mejillas y la quijada sin que las manos quedaran incólumes, todo a partir de la publicidad desplegada sobre el citado peso pesado, de mayor propaganda que golpes efectivos, quien acostumbraba a decir por los medios: “Yo como muchos biftecs y tomo malta Hatuey, la malta de los campeones”.
Siempre la misma frase, de conjunto con una mirada perdida y una sonrisa tonta.
Y la gente subiendo el palo encebado para con los premios poderse casar. Embarrado el cuerpo, el alma también, espejo de desgracias y gracias para los animadores al comparar la cabeza de una jicotea con el dedo gordo del pretendiente mientras la novia confiesa que le llama Chicho en la intimidad y, entonces, los gritos de ¡sube, Chicho, sube (…)!
Niño vendido por mil 500 pesos
El negociante Bobby Gleason había comprado el contrato del Niño Valdés por mil 500 pesos y aspiraba a sacarle aún más al púgil.
El gigante, “(…) llegó a ubicarse en el primer escalón de los aspirantes de la corona mundial, en poder del estadounidense Rocky Marciano, luego de sorprender a los expertos y ganarle por decisión a Ezzard Charles”, como narrará años después el periodista y profesor Jorge Alfonso, quien debiera ser muchos más valorado en ambas profesiones.
Charles, excampeón del orbe, iba hacia abajo en su carrera y el antillano hacia subía sin poseer potencia, con gran empuje propagandístico.
Dueño de rapidez para su división y de puños que hacen daño, le falta resistencia, la habilidad y la inteligencia necesaria.
Aquella, deficiencia propia del hambre histórica de sus orígenes, pues venía desde las entrañas débiles de la progenitora y del agua con azúcar disfrazado de cena del padre, estibador si encontraba trabajo.
Las debilidades le salían hasta en momentos cumbres, a pesar de sobrepasar los seis pies y las 200 libras: la malta y la carne no pueden hacer milagros.
Entre las cuerdas lo agarra el desánimo y una especie de melancolía. Cuando pierde, lo invade el llanto, culpa a viejas lesiones, al arbitraje, a los orishas.
Cuesta abajo es la rodada, más duro en la existencia que en el popular tango: los mercaderes le dan la espalda, desaparecen las buenas bolsas. Lo manipulan, empieza a ser escalón como otros lo fueron para él en los inicios.
Los comerciantes siempre intentan sacarle lo que le queda de zumo a Niño Valdés. A cargar sacos: estibador neoyorquino. La diabetes llega y pierde una pierna.
Luego vino el derrumbe total, el adiós a la vida rodeado del olvido y lejos de la tierra donde nació.
Pero volvamos en esta crónica hacia los años 50. El Ñiño Valdés sonríe, mueve la cabeza, goza al observar a varios jóvenes fajados a dentelladas a ver quién come más filetes frente a las cámaras, para tratar de obtener unos pesos y llenar la panza, abrazando la ridiculez en un programa estúpido.
