Urtain no le temía a la muerte, pero sí a la vida…

Urtain llegó ser el principal ídolo del boxeo español y campeón de Europa. Foto: https://www.abc.es/

Yo no quisiera escribir estas líneas y tengo que hacerlo, por ti, para los lectores, por mí, aunque cada frase me golpee tan duro como los que puñetazos asestabas José Manuel Ibar, el gran Urtain.

Los mitos no deben morir de esa forma o, tal vez, eso les da más vigor a su leyenda. No aguantaste más y, sin temer a la muerte, —a nadie le tuviste miedo, ni a ella siquiera— aterrado ante la existencia que te rodeaba, te lanzaste del undécimo piso de aquel edificio de la calle Fermín Caballero el 21 de julio de 1992.

No llegabas a los 50 años y finalizabas desafinado ese canto idealizado de un joven de 18 abriles. Ay Urtain, fajado con mezclas y ladrillos que, a lo Cenicienta, subiste a la fama raudo, pues de ser campeón de un deporte tan vasco como el levantamiento de piedras —¿cómo podrías vencer más de 90 veces 100 kilogramos de peso?— llegaste a las cuerdas.

En el ring te convertiste en todo un ídolo español. La ciudad de Aizarnazábal, en Guipúscoa, tu lugar de nacimiento, escalaba con el brazo tuyo hacia la victoria enfrentamiento tras enfrentamiento.

Ah, el divino tesoro de tus puños dieron cuenta antes del límite programado a tus 30 oponentes iniciales. Te advierto, a la medida de tu ascenso a zancadas, muchos hubo que subieron noqueados de antemano.

Eras el terror entre las cuerdas. Gran éxtasis cuando el 3 de abril de 1970, conquistaste el cetro europeo de los pesos completos, porque el germano Peter Weiland no pudo aguantar tu pegada más allá del séptimo round de una novela donde tú eras el galán y él era vilano, mientras el auditorio gozaba hasta la enajenación.

Venciste pero recibiste castigo como nunca antes, sangrando profusamente en el rostro —nunca fuiste un dechado de virtudes en la defensa— y saliste a dar o que te dieran.

Y quebraste al toro con una gran estocada que estremeció a todo el ruedo. Habías abrazado con mayor fuerza la grandeza. Y a disfrutarla pues. Y la disfrutaste en demasía. Pero como buen gladiador debiste seguir en la batallas.

Diste cuenta de dos rivales antes de enfrentar por la corona a Jueger Blin, otro alemán. Dura porfía, pues ambos besaron la lona y, al final, pese a que se acabó la estela nocauts le colgaste una joya por puntos en la Sala de Toros Monumental de Barcelona.

Llegó el británico Henry Cooper, un veterano que tendía hacia la picada, con un motor de gran experiencia en el que sabía encontrar lo necesario. Entraba, salía, esquivaba, metía sus golpes —¡y cómo los metía!—, hasta que en el octavo estabas de más en el ring.

Ocurrió el 10 de noviembre de 1970. Tampoco descollaste por tu rapidez y en esa lid estuviste todavía más lento.

Cuando hubo levantón posteriormente, tu público rugió de contentura: recobrabas el galardón frente a Jack Bodell y por fuera de combate a fines de 1971. Rey por unos meses: Juerge Blin  te había estudiado y se desquitó sabroso al arrebatarlo el 10 de junio de 1972. Después, el viejo tango: cuesta abajo es la rodada.

El KO que te propinó Evangelista en mayo de 1976 no te quitó los deseos de concluir en alza, quizás te los aumentó. Lo intentaste y no pudo ser: Jean Pierre Coopman se mantuvo en el trono por la vía del sueño en 1977. Era tu oncena derrota, frente a 56 triunfos y cuatro empates.

Fuiste menos hábil para el cuadrilátero de la vida. Fracaso en tus negocios y en tu vida familiar, lejos de los cantos mediáticos y con innumerables deudas.

La gran pregunta, ¿cómo volver a ser quién eras? Y no pudiste más, ¡no!, y te lanzaste al el espacio para soñarte noqueando a cuanto rival se te enfrentara. Eran tan cortas tus alas, era tan dura la existencia, más dura que el propio asfalto donde terminaste.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *