Más que un seudónimo literario, La Peregrina, Gertrudis Gómez de Avellaneda pudo haberse clasificado como tal por la vida azarosa que la llevó, de un lado a otro, no solo en cuanto a sus lugares de residencia, sino a sus relaciones sentimentales.
Gusto raro, ardor en la boca, en la garganta… Expulsa casi todo el sorbo del vino que acompaña el almuerzo. Dañado física y espiritualmente lo encuentra el doctor Barbarrosa. El médico examina la botella: “¡Ácido! No obstante, lo haré analizar”, José Martí le ordena: “De esto, amigo, ¡ni una palabra!”