
Fidel conversa en el barco Cerro Pelado con los deportistas que participaron en aquella delegación histórica. Foto: Periódico Trabajadores
Verano de 1993, en horas de la noche. Escenario: Consejo de Estado, en la Plaza de la Revolución. El equipo Cuba de béisbol acababa de arribar a la Patria luego de otra exitosa actuación en tierras foráneas. Y el anfitrión no podía ser otro que el Comandante en Jefe Fidel Castro.
Con una gran sonrisa recibió el líder de la Revolución a la delegación. Uno por uno les fue estrechando la mano y preguntando cada detalle del evento, la calidad de los rivales, cuál había sido el juego más difícil, cuál el momento decisivo en el partido por la medalla de oro. Nada escapaba a su natural curiosidad.
De repente siento una voz que pronuncia mi nombre. Era Lázaro Valle, el lanzador derecho habanero, quien estaba conversando con Fidel Castro y me pedía ayuda para explicarle cómo se sacaban las diferentes estadísticas de pitcheo.
¡En menudo problema me había colocado Valle! Llegué junto a Fidel y me impresionó ver que parecía más alto y robusto de lo que realmente era. Poseía una personalidad magnética, que obligaba a su interlocutor a prestarle completa atención. Hablaba bajito y, a cada respuesta mía, llegaba una nueva pregunta. Afortunadamente salí airoso del trance y me despidió con un “muchas gracias por su explicación”, frase que nunca olvidaré.
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Mayo de 1999. Escenario: estadio Latinoamericano. Una mañana extremadamente calurosa servía de ambiente al entrenamiento del equipo Cuba que se aprestaba a jugar un desafío calificado de histórico frente a un elenco de las Grandes Ligas, los Orioles de Baltimore.
Cuando los integrantes del grupo de prensa llegamos al sitio ya él estaba allí. No era el primer entrenamiento que presenciaba, empeñado en no perderse un detalle de la preparación del equipo. A pesar del ardiente sol, permanecía sentado en un palco detrás de home con varios de los técnicos de la selección a su lado. Hubo un momento simpático, cuando dos de sus ayudantes fueron a colocar un toldo en el palco para protegerlo del sol, y él se negó alegando que no quería parecerse a un jeque o un zar.
Al filo del mediodía el entrenamiento finalizó. Se levantó del palco y, casi inmediatamente, nos avisaron a los periodistas, agrupados en los palcos de primera base, que Fidel Castro quería conversar con nosotros.
Quiso la casualidad que yo fui el primero en salir del palco y, cuando me di cuenta, el estaba al lado mío. Me echó el brazo por encima y comenzó a preguntarme cómo yo veía el trabajo de preparación del equipo. Recordé la experiencia anterior y traté de ser lo más conciso posible, explicándole la capacidad de bateo y de defensa de los jugadores.
Cuando abordé el área de pitcheo le expresé mi preocupación por ser la parte menos fuerte del conjunto, con muy pocos lanzadores relevistas y casi ningún zurdo. Me contestó: “Es verdad. Pero tenemos un zurdito por ahí que puede salir a sacar unos cuantos outs. De los dos juegos podemos ganarle uno”, profetizó Fidel. Y así fue. Cuba cayó 2-3 en el primer juego de 11 entradas de duración y derrotó a los Orioles 12-6 en el segundo.
Dos conversaciones. Suficientes para darme cuenta de que Fidel sabía preguntar como nadie.
Tomado de: Granma
