
Fredereich Cepeda, integrante del equipo Cuba. Foto: Cubadebate.
Debemos resaltar en pleno la riqueza de nuestro deporte nacional. Para hacer y hablar de él, lancemos por la borda el dogmatismo: es un solo béisbol.
Hay que rescatar el salón de la fama, sin blandenguería, ni extremismo. Los realmente infames no pueden mancharlo. Y cuidado con la alharaca dirigida hacia la mentira.
Ni hablar de aceptar el pedido de algunos de ubicar una placa en el Estadio Latinoamericano con el nombre de un vividor pro gringo, inventando pureza en sus acciones para edificar el Coloso del Cerro, cuando su fin era el negocio, no la pasión por la tierra de los Maceo.
Lesionan los textos y la profusión de fotografías para mostrar a dos peloteros íntimamente vinculados al batistato. Uno de ellos, oficial del ejército antipueblo, torturó y asesinó y pagó sus crímenes en los primeros días de 1959; del otro, contaron anécdotas y, entre las fotos, la que capta cuando departe con un niño.
Prefiero ofrecer ese espacio a peloteros de mayor estatura ciudadana y atlética. A la vez, soy contrario a impedir por decreto el reflejo de tipejos que formen parte de la historia atlética: pero el tratamiento debe ser tan frío como sus numeritos, enfatizando en sus indignidades, sin una pizca conductora hacia la simpatía.
No podemos cansarnos de explicar como, desde antes del bloqueo, Estados Unidos se lanzó contra el corazón del deporte cubano. Muchos escritos y proyecciones no van a aguas profundas en dicho tópico y hasta priorizan las culpas nuestras: la de los “niños genios”, bastante de ellos terminaron bien lejos de la moral, la retirada masiva impuesta, esquematismo y otras injusticias: hay que mostrar la verdad.
Lo he publicado en varias ocasiones e integra mi ponencia al II Simposio sobre la Revolución Cubana (octubre de 2017): Nuestro deporte a la luz del pensamiento y la obra de Fidel:
Temprano, la ofensiva yanqui se dirige al corazón: retiro de la franquicia a los Reyes Cubanos del Azúcar (1960); ese año prohíbe que sus jugadores actúen en el clásico cubano, nos despojan de ser el escenario de la Serie del Caribe de 1961 y, ya con el bloqueo, impone a los peloteros cubanos renunciar a su patria para pertenecer a las Grandes Ligas.

Fidel Castro inauguró la primera Serie Nacional de Béisbol. Foto: Archivo del Periódico Granma.
El Comandante en Jefe Fidel Castro había declarado a la Asociación de Corresponsales de las Naciones Unidas (22 de abril de 1959): “(…) queremos que (los Sugar Kings) se queden en Cuba y lo que es más, queremos hacer un equipo de Grandes Ligas (…)”.
La situación obliga a cambiar las señas. Contraofensiva: la Serie Nacional en 1962 debe sustituir al Campeonato Profesional en el amor de la afición. Ponen su bregar a favor: atletas, directores, entrenadores, árbitros —muchos han renunciado a salarios elevados en ligas foráneas—, funcionarios y la prensa.
Fidel traza la estrategia y la táctica: interviene en aperturas, juega en infinidad de ocasiones, adapta el lenguaje, crea. Es el primero del mundo en inaugurar una temporada bateando la primera pelota: en la segunda serie, el 25 de febrero de 1962.
Reina el espíritu de nuestros representantes en el mundial de Costa Rica, abril de 1961. Quieren regresar, enfrentar a los mercenarios. Se les persuade: luchen allí. Retornan invictos.
Los gringos continúan dañándonos cuando hemos alcanzado un enfoque propio del momento, sin renegar de los principios exigidos por una compleja y menos hermosa realidad.
Nos impiden obtener experiencias y bienestar económico en la más vigorosa liza beisbolera del orbe. Prefieren sonsacar y birlar. Debemos conformarnos con los contratos en organizaciones de más bajos estímulos deportivos y salariales.
Fidel Castro, en la bienvenida a los peloteros vencedores en Baltimore (4 de abril de 1999): “Quizás algún día haya paz, haya relaciones normales con el vecino del Norte y exista la posibilidad de que podamos participar en esas competencias (Grandes Ligas) y en la medida en que se logre, podríamos mejorar considerablemente los ingresos modestísimos hoy, de nuestros atletas”.
Lo Obamada (en referencia a Barack Obama, expresidente de los Estados Unidos) engañosa como penúltima jugada: se reanudan las relaciones diplomáticas, pero el bloqueo se mantiene e intentan doblegarnos con golosinas envenenadas y el garrote presto.
Ahora las más frescas trumpadas (asociado a Donald Trump, actual mandatario norteamericano) muestran la faz verdadera. No hay normalidad.
