A 110 años de su desaparición física, el Generalísimo Máximo Gómez Báez es reconocido hasta hoy como un hermoso paradigma del internacionalismo que demostró al dedicar la mayor parte de su vida a las guerras por la independencia de Cuba.
Su nacimiento, el 18 de noviembre de 1836 en Baní, provincia de Peravia en la República Dominicana, fue el preámbulo de una vida azarosa, plena en principios confirmados por un carácter abnegado, intransigente contra la injusticia y de ejercicio militar admirable desde los 16 años, cuando se unió al ejército de su país en la lucha contra las invasiones haitianas de Faistine Soulouque.
Descrito y venerado por varias generaciones, el legado histórico de Gómez en la Cuba revolucionaria constituye un preciado motivo de instrucción en los centros de educación general y de enseñanza militar, pues modela valores imperecederos como la dignidad, disciplina y sentido del deber patriótico sin claudicar ante el enemigo.
Por lo anterior y con profundo agradecimiento a los apuntes de la historia del país, los hombres y mujeres actuales perseveran en el estudio de la personalidad de sus héroes y los abundantes hechos transcurridos, especialmente desde el próspero siglo XVIII y sus aires emancipadores hasta el comienzo del siglo XIX.
De ahí el interés por figuras prominentes como la de José Martí, Máximo Gómez, Antonio Maceo y Calixto García, entre otros que representan la más auténtica revelación del patriotismo y sentido emancipador, para luego consolidarse en el espíritu nacionalista de los cubanos de todos los tiempos.
En la personalidad de Gómez se retiene en la evocación su aprecio por la libertad de los pueblos, contra la discriminación racial y el apego a la verdad universal de ser útil a la justicia, por la humanidad y en cualquier parte del planeta en que vivimos.
Así, desde que conoció del alzamiento liderado por Carlos Manuel de Céspedes el 10 de octubre de 1868 (Grito de Yara), ya Gómez estaba vinculado a una de las tantas logias masónicas de la Isla y, según consta en su diario, decide junto a sus amigos alzarse en armas en Jiguaní, unos días después del alzamiento de la finca La Demajagua “[…] por el amor a los negros […]”.
Partícipe de la Guerra de los Diez Años (1868-1878) y de la Guerra Necesaria (1895-1898), el General del Ejército Libertador sobresalió como brillante estratega militar que se impuso por su talento y valentía en las diferentes campañas como líder de la fuerza mambisa, aunque para ello tuvo que enfrentar al ejército español, superior en soldados y armamento.
Al final de sus días, a los 68 años de edad, desechando el protagonismo político y las prebendas que pudieran aniquilar su dignidad, sus extraordinarios méritos nunca pasarán al olvido.
Muere en La Habana el 17 de junio de 1905 y hasta el presente continúa siendo el querido Generalísimo; se incluye en la lista de los grandes de la historia patria, cuando se cita la trilogía de hombres fundamentales de la Guerra de Independencia, junto a José Martí y Antonio Maceo, porque Máximo Gómez también vive en la memoria de los cubanos.


