El Mayor Ignacio Agramonte murió combatiendo por Cuba

Foto: Progreso Semanal

En la historia de la Patria sobresalen figuras que son admiradas por las nuevas generaciones, una de estas es la de Ignacio Agramonte y Loynaz; conocido con el sobrenombre de El Mayor, murió combatiendo contra las tropas españolas en los campos de Jimaguayú, el 11 de mayo de 1873. Tenía sólo 32 años de edad.

Llega hasta nuestros días como una de las más sobresalientes figuras de la Guerra de los 10 años. Organizó la célebre caballería camagüeyana, al frente de la cual alcanzó grandes victorias contra las tropas colonialistas españolas.

Nació en una casona marcada con el número cinco de la calle Soledad, en la ciudad de Puerto Príncipe, hoy Camagüey, el 23 de diciembre de 1841 en el seno de una familia criolla ilustre y rica de esa región del país. Su padre fue el Licenciado Regidor Ignacio Agramonte y Sańchez-Pereira que tenía uno de los mejores bufetes con prestigio profesional, y su madre Filomena Loynaz y Caballero.

Cuentan los historiadores que en los tres años y medio de su vida militar participó en más de cien combates. Como jefe supo combinar los principios de la táctica con la lucha irregular en las condiciones de las extensas sabanas de Camagüey, fundamentalmente con el empleo de la caballería.

Llegó a establecer una sólida base de operaciones en ese territorio y prestó especial atención a la preparación militar y general de los jefes y oficiales, para lo cual creó escuelas militares como la de Jimaguayú.

El líder histórico de la Revolución Comandante en Jefe Fidel Castro opinó sobre la figura del también conocido como El Bayardo al hablar en la velada solemne por el centenario de su caída en Combate.

El 13 de enero de 1871 asume de nuevo Agramonte el mando de las fuerzas camagüeyanas, que estaban en estado deplorable. Pone como condición que le den amplias atribuciones e independencia para actuar, y Céspedes le da esas amplias atribuciones y esa independencia.

Agramonte reclama para sí, a los efectos de dirigir la guerra al frente de los camagüeyanos, atribuciones similares a las que planteaba Céspedes para dirigir la guerra en la nación entera. Y ambos se pusieron de acuerdo en aquel punto; El jefe mambí recibió las atribuciones que demandó. Se dio de inmediato a la tarea de organizar las fuerzas camagüeyanas.

A lo largo de su mando, organizó talleres de todo tipo para abastecer a las fuerzas camagüeyanas, disciplinó y entrenó a la caballería y a la infantería de Camagüey y de Las Villas, dotó a esas fuerzas de un magnífico espíritu de combate y las capacitó para la lucha”.

El propio Agramonte no tenía profesión militar; pero desde que comenzó la guerra se dedicó a los estudios militares, y a enseñar a los oficiales y a los combatientes. Es conocido que dondequiera que había un campamento, había un centro de instrucción militar y una escuela.

Les inculcó a los patriotas camagüeyanos su espíritu, su ejemplo, sus extraordinarias virtudes. Y tan pronto tomó el mando, les hizo ver a las tropas españolas que Camagüey tenía capacidad de combate, que la provincia no estaba desmoralizada, y que se preparaba para desarrollar su espíritu de resistencia y llevar adelante la guerra.

Una de sus primeras acciones fue precisamente el ataque a la torre de Colón o El Pinto, muy próximo a la ciudad de Camagüey, con el objetivo fundamental de dar señales de vida ante las fuerzas españolas, y levantar la moral.

Después se produjeron otros muchos combates. Pero tiene lugar, sobre todo, aquel hecho que ha pasado a la historia como una de las más extraordinarias acciones de armas; fue el rescate del general Julio Sanguily el 8 de octubre de 1871.

Esta fue sin duda una de las más grandes proezas que se escribieron en nuestras luchas por la independencia, y ha pasado a ser un hecho de armas proverbial, que en aquel entonces despertó incluso la admiración de las fuerzas españolas.

Se recuerda también-rememora Fidel en su discurso- aquella acción, de la cual habló Martí, frente al capitán Setién, aquel jefe español temible, al que llamaban “El Tigre”, y que sembró el terror y la represión en Camagüey, hasta que se encontró con la caballería camagüeyana al mando de Ignacio Agramonte, que en una carga al machete en la que incluso combatió personalmente contra “El Tigre”, destruyó aquella guerrilla y la liquidó totalmente, incluyendo sus jefes.

En el mes de mayo de 1873 se produce otro hecho notable de armas: otra tropa española liquidada por la caballería de Agramonte: las fuerzas del coronel Abril, que murió en unión de otros jefes españoles ante una carga de la caballería camagüeyana.

Fue precisamente esta acción de guerra lo que motiva el deseo de venganza de las tropas españolas, y que motiva el envío de una columna de 700 hombres a Jimaguayú, para tratar de vengar la derrota.

La realidad histórica demuestra que en aquel instante los españoles estaban muy lejos de contar con las posibilidades reales de obtener el desquite.

En el campamento de Ignacio Agramonte se encontraban 500 soldados revolucionarios; llenos de entusiasmo y de moral por los grandes éxitos obtenidos.

Aquel terreno lo conocían como la palma de su mano. En el campamento, bien defendido, tenían una escuela de instrucción militar y se decidieron a darles combate a los españoles si realmente atacaban a fondo.

De esta forma se preparó el combate de aquel día. En un área de potreros, rodeada de montes, de forma rectangular —una verdadera trampa mortal para las tropas españolas si penetraban allí, frente a los aguerridos soldados de Agramonte, y sobre todo, frente a su temible caballería—; Agramonte dio las instrucciones pertinentes.

Se reunió con la caballería. Después pasa a recorrer las filas de la infantería de Camagüey y de Las Villas, desconfiado todavía de que los españoles se comprometiesen seriamente en aquella acción de guerra. Y en un momento determinado, cruzando de un lado a otro del potrero para darle instrucciones a la caballería, se encuentra de repente con una compañía española, que sin ser descubierta todavía había penetrado por el potrero de Jimaguayú, protegiéndose en las altísimas hierbas de guinea.

Y en esas circunstancias, de una forma inesperada, Agramonte —acompañado sólo de cuatro hombres de su escolta— se ve de repente en medio de aquella compañía española, que luego recibió además el refuerzo de otra compañía, y muere en aquella acción por una bala que le atraviesa la sien derecha. Caía así en combate el inmenso hombre, ejemplo de patriotismo, gallardía y valor para todas las generaciones de cubanos.

Ese fue el combate en que pierde la vida aquel extraordinario patriota, aquel extraordinario jefe y revolucionario que fue Ignacio Agramonte. La revolución había perdido uno de sus hombres más prometedores y más brillantes, en uno de los instantes que más lo necesitaba- afirmaba Fidel en esa ocasión-.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *