“A los gobiernos progresistas y a los movimientos revolucionarios de África los hemos apoyado desde el triunfo mismo de la Revolución. ¡Y los seguiremos apoyando!”, expresó Fidel Castro en su discurso de clausura del primer congreso del Partido Comunista de Cuba (PCC).
En ese párrafo se ve materializada la idea de lo que es el internacionalismo y los desvelos de Cuba –un país pequeño, presuntamente débil, sin poderoso armamento ofensivo y con una economía deprimida por el tenaz bloqueo económico, financiero y comercial ejercido por el imperio más poderoso– por ayudar a otros pueblos hermanos en peores condiciones.
Para ampliar el concepto, continúa el entonces primer secretario del PCC: “Esa ayuda se ha manifestado de distintas formas, a veces hemos enviado armas, otras veces hemos enviado hombres, otras veces hemos enviado instructores militares, otras veces hemos enviado médicos, otras veces hemos enviado constructores, y otras veces hemos enviado constructores, médicos y además instructores, las tres cosas. Lo que viene haciendo la Revolución desde el principio, fiel a su política internacionalista es ayudar allí donde puede ayudar, allí donde puede ser útil y allí donde se le solicita su ayuda además”.
Bajo ese principio, y respondiendo a la solicitud de Agostinho Neto –líder indiscutible del pueblo de Angola– cuando la independencia de ese país se vio seriamente amenazada por los sicarios del imperio, fue que el Gobierno cubano decidió enviar tropas y armamento.
Pero ¿qué esperaba Cuba a cambio de esa ayuda? El máximo líder de la Revolución Cubana lo deja bien claro en esa propia intervención: “Angola es un territorio rico en recursos naturales, Cabinda tiene grandes recursos petroleros, una de las provincias de Angola. El país es rico en minerales —diamantes, cobre, hierro […] Algunos imperialistas se preguntan por qué ayudamos a los angoleños, que qué intereses tenemos nosotros allí. Ellos están acostumbrados a pensar que cuando un país hace algo es porque está buscando petróleo, o cobre, o diamante, o algún recurso natural. ¡No! Nosotros no perseguimos ningún interés material, y es lógico que los imperialistas no lo entiendan, porque se guían por criterios exclusivamente chovinistas, nacionalistas, egoístas”.
Acabados de librarse de un colonialismo centenario y acostumbrados a que ningún país brindara ayuda de forma desinteresada, algunos angoleños que interactuaron con los cubanos durante la contienda les preguntaban con qué región del país se iban a quedar o qué recurso material iban a explotar. Así lo refirieron, a su regreso a la patria, muchos de los combatientes cubanos.
Pero ninguno de los cubanos que combatieron, codo con codo, con los soldados del Movimiento para la Liberación de Angola (MPLA) se llevó de ese país nada que no fuera el cariño, el respeto y la admiración de los angoleños, ganados gracias a su arrojo en el combate, a su solidaridad y a su desinterés.
Con Angola y su pueblo nos unen lazos históricos imposibles de mancillar o romper. Solo téngase en cuenta que desde esa región africana arribaron a Cuba una de las mayores cantidades de esclavos acarreados por los colonialistas españoles y esos esclavos sembraron en el archipiélago antillano sus raíces.
Por eso, al preguntarnos, ¿Por qué la Operación Carlota?, si no nos convencen los argumentos del líder histórico de la Revolución Cubana, podemos respondernos que la ayuda solidaria a la nación africana, simplemente, era un deber histórico.

