Cada 27 de noviembre La Habana se viste de recuerdos que refuerzan el sentimiento nacionalista y la convicción de pagar cualquier precio por preservar la soberanía conquistada, desde el triunfo revolucionario del primero de enero de 1959.
Necesario es recordar para entender el por qué de tantas historias que, a veces intentan empañarse con el tiempo, pero no son borradas en la mente de cada generación de cubanos que honra con justicia a quienes fueron víctimas de crímenes políticos, desde la llegada de los colonizadores españoles y los sucesivos gobiernos de la República mediatizada.
Por eso, la tarde del 27 de noviembre de 1871, enlutada ese día por el fusilamiento de ocho estudiantes de Medicina, nunca podrá pasar al olvido. Por el contrario, cada año se realiza una peregrinación, desde la Universidad de La Habana hasta el Monumento erigido en honor a los adolescentes; el menor de ellos solo tenía 16 años y la edad de los demás no excedía los 21.
Aunque el clima lluvioso o frío de esta etapa del año armoniza con el gris afligido de la muerte, el fervor de quienes andan hoy en la plenitud de su juventud continúa siendo el mejor sustento para avivar los sentimientos de equidad, humanismo y derecho a la vida, que enarbolan los estudiantes de la Federación Estudiantil Universitaria, al homenajear a las víctimas de ayer.
A 143 años del horrendo crimen, todavía la falsa delación del vigilante del cementerio de Espada, es un gravamen de injusticia según el cual los estudiantes habían rayado el cristal que cubría el nicho donde reposaban los restos del periodista español Gonzalo Castañón, hecho suficiente para iniciar el proceso de un juicio sumarísimo que segó la vida de los inocentes.
El efecto funesto de la declaración de Vicente Cobas seguramente fue superior a lo que ni él mismo previó, pero desencadenó el plan fraguado por el gobernador político Dionisio López Roberts para que sirviera de escarmiento a la población, en un momento de crisis política que propició el deplorable hecho.
Bajo protesta, inclusive de los voluntarios españoles amotinados frente al edificio de la cárcel, el fallo de este juicio involucraba a los jóvenes, tres de ellos estudiantes escogidos al azar.
Las evidencias históricas permiten perseverar en los detalles que hacen más vívidos los momentos finales, cuando fueron escritos los últimos mensajes dirigidos a los familiares y amigos, pues en su brevedad expresaban la inocencia y acatamiento de la muerte inminente.
“Eladio solicitó a Cerra que conservara un pañuelo en posesión de Domínguez, como prueba de amistad y que diera a éste el que le acompañaba; Anacleto pedía consuelo pronto a sus padres y hermanos, además de que le entregaran a Lola su sortija y leontina para que siempre se acordara de él; Alonso reiteraba a los suyos un querer entrañable y la fe de ver a los padres en la gloria; Pascual decía a Tula nunca haber creído verse en un caso así, porque había sido hombre de orden y por último, Ángel, en el adiós definitivo, afirmaba: “muero inocente, me he confesado”.
Pero ¡qué bueno es saber! que la solidaridad de los estudiantes actuales tiene nombre propio y se multiplica en los miles de estudiantes que cada año reciben el título de Doctor en Medicina, de los cuales muchos son cubanos y otros proceden de unos 60 países, en lo que constituye un homenaje permanente de la Cuba revolucionaria, para recordar al amparo de la Patria.


