Diana nació bajo el bloqueo

La pequeña Diana. Foto: Mildred O´Bourke Rodríguez.

La pequeña Diana. Foto: Mildred O´Bourke Rodríguez.

Diana es una pequeña de mi barrio y todavía no tiene edad para darse cuenta que forma parte de varias generaciones de cubanos nacidos en un país bloqueado.

Vivirá en una Isla en lucha por vencer el más largo, cruel e injusto acto punitivo de una nación imperial contra otra pequeña, que siquiera es una amenaza para su seguridad nacional.

Año tras año se conoce del impacto negativo que esta acción provoca sobre la economía antillana; acerca de los valladares para que Cuba importe y exporte hasta con terceros países; del gravamen sobre aranceles de renglones que deben ser adquiridos en tierras lejanas cuando a solo unas millas hay un mercado promisorio y negado, a pesar del interés de sus ciudadanos por normalizar el intercambio bilateral.

Los cubanos tienen conocimiento, además, sobre los efectos colaterales y aparentemente intangibles que provoca este engendro genocida.

Se traducen en un endurecimiento de las condiciones de vida de quienes habitan este archipiélago; en un estrés sostenido por la imposibilidad de acceder a artículos y productos diversos para el consumo y el transporte, la salud, las escuelas, la construcción de viviendas… una lista a la que no escapa ningún área de la vida social.

Pregúntenle a una familia cuyo miembro menor ha tenido que ser operado casi con la magia del personal médico y paramédico, y salvado por ese empeño cotidiano, conociendo que ello hubiese sido menos peligroso, doloroso e incluso prolongado, de contar con esos equipos, instrumentos y medicamentos que son patente de Estados Unidos y sus filiales.

No por gusto la propia Organización Mundial de la Salud (OMS) se ha sumado a las naciones y organizaciones que le exigen al imperio del norte que ponga fin al bloqueo económico, comercial y financiero contra Cuba.

La Convención de Ginebra para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio define este acto como un delito de derecho internacional y agrega que “(…) en esos casos contempla el sometimiento intencional del grupo a condiciones de existencia que hayan de acarrear su destrucción física, total o parcial”.

Desde el 7 de febrero de 1962 los cubanos padecen las consecuencias de una política que ha tratado de ser un arma de sometimiento para un pueblo que defiende su libertad.

Un día Diana comprenderá dolorosamente esta triste verdad; dado que Estados Unidos ha desconocido, una y otra vez, el llamado de la comunidad internacional a ponerle fin a una acción de guerra que no ha cumplido nunca sus objetivos, salvo el de dañar, lacerar y comprometer la vida de un pueblo.

El también mal llamado embargo provoca perjuicios humanos imperdonables que golpean duramente a los infantes. No se puede desconocer.

Está demostrado, asimismo, que el objetivo de interferir sicológicamente de manera negativa, crear penurias, incertidumbres, escasez y desespero se manifiesta, aunque no quiebra a los patriotas cubanos que sortean numerosas dificultades y deben adaptar sus proyectos de vida a estas condiciones.

La moral y la entereza impondrán la solución, pero, sobre todo, quedará para la historia la grandeza de una nación entera que enfrentó a la vileza con honor y levantó su puño, bandera y coraje para impedir que el enemigo la destruyera.

Cuando Diana crezca, ojalá que esta historia tenga otro final y sea solo una clase de patriotismo para enseñar en las escuelas.

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