El bloqueo como moneda de intercambio político

Foto: Cubadebate

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¿Por qué algunos siguen aferrándose al bloqueo del gobierno norteamericano contra Cuba, pese al demostrado fracaso de esa criminal política?

Este 26 de octubre, la Asamblea General de Naciones Unidas volverá a pronunciarse, como cada uno de los años del último cuarto de siglo, en rechazo al bloqueo.

De nuevo se espera un apoyo prácticamente unánime de la comunidad internacional a la resolución que exige el fin de esa política genocida.

Incontables foros internacionales, líderes, gobiernos, parlamentos, organizaciones y personalidades del mundo han reiterado el rechazo a esta hostil medida.

Muchas son las voces que se alzan con ese reclamo, incluso dentro de los propios Estados Unidos (EE.UU.), por razones muy diversas, que van desde la más elemental noción de justicia, hasta intereses puramente económicos o políticos.

Por ejemplo, la asesora de seguridad nacional de la presidencia estadounidense, Susan Rice, calificó, recientemente, el bloqueo contra Cuba como una política fallida y pidió al Congreso eliminarlo.

No lo hizo, precisamente, por solidaridad con el pueblo cubano, y así lo demostró cuando dijo: “la dura realidad es que el bloqueo falló”, revelando cómo lamenta que esa medida draconiana no haya podido doblegar a los cubanos.

Sin embargo, la alta funcionaria argumentó que el Congreso necesita escuchar al pueblo estadounidense, pues la mayoría se opone al bloqueo contra Cuba y a las restricciones para viajar a la mayor de Las Antillas.

Pese a esta abrumadora realidad, algunos se expresan de manera discordante.

Paul Ryan, presidente de la Cámara de Representantes de EE.UU., aseguró, la semana pasada, que ese cuerpo legislativo mantendrá lo que denomina “embargo” contra la nación caribeña.

Como argumento, repite la falacia de los “cientos de activistas prodemocráticos” que, supuestamente, son encarcelados mensualmente en Cuba, cuando ya ni él, ni nadie cuerdo en el mundo se creen esas mentiras, difundidas por los agentes subversivos que pretenden justificar con ellas el dinero que reciben del Gobierno de los EE.UU.

Ryan sabe perfectamente que el bloqueo es el mayor fracaso de la política exterior de Washington en el último medio siglo, y que ha sido un catalizador principal para concertar a una variada gama de tendencias en un bloque contra su Gobierno.

No obstante, está usándolo como palanca para acercar al ala más conservadora de la cámara baja, y tratar de reducir la brecha que la separa de los republicanos más moderados –yo diría menos retrógrados y más inteligentes.

Si bien el líder de la Cámara tiene motivos políticos para defender el bloqueo, otros congresistas igualmente los tienen, en particular, aquellos quienes deben sus escaños y fortunas al negocio de la hostilidad contra Cuba, como Ileana Ros-Lehtinen, Marco Rubio, Robert “Bob” Menéndez, Carlos Curbelo y algún que otro, pues sienten que se les hunde el piso con la nueva táctica de Barack Obama.

No faltan los empresarios que se benefician con la venta de productos que podrían ser barridos del mercado por la competencia de algunos renglones cubanos, como el tabaco, el ron, varios fármacos y otros.

Ni que decir de toda una diversa fauna de carroñeros, que alimenta sus bolsillos con el negocio de la contrarrevolución, financiado con millones que aportan, sin saberlo, los contribuyentes norteamericanos.

Cuando se levante el bloqueo y haya relaciones “normales” entre Cuba y EE.UU., ¿para qué haría falta mantener a radio y Telivisión Martí? ¿De qué serviría el Nuevo Herald? ¿Por qué financiar a la Fundación Cubano-Americana?

Otra prueba irrefutable de que esa política es objeto de trueque en el país norteño son las declaraciones que suelen hacer los aspirantes a la presidencia y a otros cargos públicos, cuando hablan en La Florida.

Muchos no ignoran cómo ha cambiado la composición de la emigración cubana allí, pero del mismo modo saben que la mayoría de los ciudadanos de origen cubano que viven en los EE.UU. no se toman la molestia de votar, y por eso dirigen sus discursos a la minoría antediluviana, que sí vota y aporta dinero a favor de quienes se muestran intransigentes contra Cuba.

Eso mismo hizo Donald Trump cuando prometió, durante un mitin en Miami, que si resulta elegido revertiría la apertura de Estados Unidos hacia Cuba, a menos que se produzcan “libertades religiosas y políticas” en el país caribeño.

Algunos dirán que es otra de las bravatas irresponsables que han caracterizado su campaña, pero es probable que no sea así, sino un esfuerzo calculado para atraer el respaldo del núcleo extremista de Miami.

Como quiera, el bloqueo es un pivote sobre el cual se ejercen fuerzas en dos sentidos diametralmente opuestos, y en ese forcejeo, lo único verdaderamente diáfano es la voluntad del pueblo cubano para continuar resistiendo el tiempo que sea necesario, y para mantener la lucha por la eliminación de esa carga, con el siempre creciente y fiel apoyo de la solidaridad internacional.

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