La generalidad de los representantes de los países miembros de Naciones Unidas “acogemos, con beneplácito, el restablecimiento de relaciones entre Cuba y los Estados Unidos de América, y esperamos que se levanten ya las sanciones (bloqueo) de una vez y por todas”, dijo el primer ministro del Reino de Lesoto, doctor Pakalitha Bethuel Mosisili, el domingo, al llegar a La Habana procedente de Nueva York, donde participó en el 71 Período Ordinario de Sesiones de la Asamblea General de la Organización de Naciones Unidas (Agnu).
Eso significa que la humanidad no se ha dejado confundir con la ofensiva mediática destinada a convencer de una supuesta solución definitiva de la hostilidad del Gobierno de los EE. UU. contra la mayor de Las Antillas.
En efecto, el próximo 26 de octubre, la Agnu volverá a considerar, por vigesimoquinta vez consecutiva, una resolución titulada Necesidad de poner fin al bloqueo económico, comercial y financiero impuesto por los Estados Unidos de América contra Cuba.
Nadie duda que sea aprobada, por una votación prácticamente unánime, como ha sucedido durante los últimos años.
Sin embargo, debido a la falta de verdadera democracia en la ONU, las decisiones de la Agnu no son vinculantes y por ende dos decenas de resoluciones contra el bloqueo no han logrado imponer la voluntad del mundo y obligar a EE. UU. a eliminar esa absurda y criminal política.
Algunos se preguntan: ¿por qué, entonces, seguir presentando nuevos proyectos de resolución contra el bloqueo, año tras año?
La respuesta vuelve a estar en las declaraciones y las abrumadoras votaciones de la comunidad internacional, que conoce la actualización de los daños del bloqueo, cada año, y renueva su rechazo a esa política genocida. El debate del informe cubano rompe la cortina de silencio cómplice y desarticula la campaña dirigida a engañar al mundo sobre el verdadero estado de las relaciones entre Cuba y EE. UU.
Y el informe de este año, que el lector puede consultar fácilmente, demuestra cómo, a pesar de las medidas adoptadas por el presidente Barack Obama desde el 17 de diciembre de 2014, y sus llamados reiterados al Congreso para que levante el bloqueo, las leyes y regulaciones que lo sustentan continúan vigentes y son aplicadas con todo rigor por las agencias del Gobierno de la nación norteña, especialmente por los departamentos del Tesoro y de Comercio y en particular por la Oficina de Control de los Activos Extranjeros (OFAC, por sus siglas en inglés).
El daño económico ocasionado al pueblo cubano por la aplicación del bloqueo, desde el mencionado 17 de diciembre de 2014, y considerando la depreciación del dólar frente al valor del oro en el mercado internacional, asciende a 753 mil 688 millones de dólares en comparación con el período anterior.
Desde que comenzó a ser aplicada esta política, hace más de 50 años, el bloqueo ha provocado perjuicios cuantificables por más de 125 mil 873 millones de dólares a precios corrientes.
Durante los dos mandatos de Obama, hasta hoy, las multas aplicadas por su Gobierno contra bancos, fundamentalmente europeos y asiáticos, por realizar operaciones con entidades cubanas (operaciones legítimas, pero prohibidas por el bloqueo), que suman la astronómica cifra de 14 mil millones de dólares norteamericanos.
Por eso, aunque recientemente fue anunciada una decisión ejecutiva que autoriza muy limitadas transacciones financieras con Cuba, los bancos norteamericanos, e incluso la mayoría de los bancos extranjeros, no se arriesgan a hacerla efectiva.
De todo esto y mucho más se entera el mundo a través de las resoluciones contra el bloqueo y las votaciones, así como los comentarios de los jefes de Estado o sus representantes, ponen de manifiesto el inequívoco rechazo de la comunidad internacional a esa criminal política.
Si lugar a dudas, el próximo 26 de octubre la pizarra electrónica de la sala plenaria de Naciones Unidas volverá a relumbrar de verde y el representante del Gobierno de EE. UU. sufrirá la acostumbrada vergüenza de quedarse prácticamente solo frente al mundo y, además, quedar en evidencia como mentiroso.
Triste papel el que le ha tocado a ese diplomático.

