Los candidatos nominados para diputados a la Asamblea Nacional del Poder Popular y delegados a las asambleas provinciales recorren por estos días los territorios donde serán sometidos al escrutinio popular en abril.
Ellos visitan comunidades e importantes centros laborales y educacionales donde se reúnen con los electores para darse a conocer colectivamente, sin promesas de campaña ni enconados debates dirigidos a ganar preferencias electorales.
También para informarse de los logros, aspiraciones y dificultades de la población y comprobar el respaldo y la confianza de los ciudadanos en el sistema socialista cubano.
Así ha sucedido en Cuba desde la institucionalización, hace más de 40 años, pero nadie niega que las elecciones generales de este año revisten una extraordinaria importancia, pues resultará electo el nuevo parlamento que elegirá a su brazo ejecutor, el Consejo de Estado, y a su presidente que ya no será Raúl Castro Ruz.
A partir de ese momento, seguramente empuñará el timón del país una nueva generación que no carga las medallas de la victoria en la lucha insurreccional contra la tiranía batistiana, ni comandó las épicas batallas de Girón y de la Lucha Contra Bandidos, ni tomó las heroicas decisiones de la Crisis de Octubre de 1962.
Los nuevos líderes habrán ganado ese derecho por su integridad, inteligencia, sabiduría y dedicación en el no menos meritorio enfrentamiento de cada día a las vicisitudes derivadas de la feroz guerra económica, subversiva y mediática del Gobierno de los Estados Unidos y sus aliados, que somete al país a duras pruebas de resistencia desde el propio triunfo revolucionario.
Además, se habrán destacado en la solidaridad con pueblos hermanos y en el batallar frente a desastres naturales y otros retos asumidos por la Revolución.
Ellos tendrán la responsabilidad histórica de salvaguardar los logros del proceso revolucionario e impulsar el complejo y delicado mecanismo de actualización económica y social, cuidando celosamente de los principios del socialismo cubano.
Mientras dirigió a Cuba el Comandante en Jefe Fidel Castro, los enemigos de la Revolución, carroñeros cual buitres (con perdón de esos animales), cifraron sus esperanzas revanchistas en la muerte del máximo líder, a quien no habían podido asesinar, pese a incontables intentos.
Una vez que tuvo que reemplazarlo el general de ejército Raúl Castro Ruz, las hienas, en lugar de reconocer que sus abyectos propósitos se habían esfumado, apostaron todavía a la muerte de Fidel, sin comprender que gigantes como él son inmortales.
Ahora, los enemigos del socialismo se frotan las manos esperando que Raúl, otro gran puntal de la Revolución Cubana, deje el cargo.
Nuevamente verán frustrados sus planes de poner de rodillas a este país, por la sencilla razón de que en Cuba es el pueblo quien escoge a sus dirigentes y respalda la continuidad de la marcha hacia un socialismo próspero y sostenible.
Y ello es posible por la democracia real del proceso eleccionario cubano, donde sí se cumple la voluntad de los electores: hombres y mujeres; de piel blanca, negra o mestiza; civiles y militares, con los mismos derechos, que la ejercen masiva, voluntaria y conscientemente.
Por eso los enemigos de este país se han empeñado siempre en descaracterizar el sistema, perfectible como toda obra humana, pero mucho más diáfano y justo que los viejos y nada democráticos que pretenden imponer como modelos.
Los que sean electos en abril llevarán el encargo popular de seguir construyendo el socialismo cubano y como siempre deberán rendir cuentas periódicamente ante sus electores de cómo cumplen ese mandato.
Tengan por seguro, amigos y enemigos, que las elecciones cubanas de abril significarán un relevo seguro y otro paso adelante en la construcción del socialismo cubano.

