Este domingo 4 de noviembre me tomó casi por sorpresa la noticia de la cantata infanto-juvenil que abrió la jornada nacional de homenaje a Fidel Castro.
La conmemoración por el segundo aniversario de su viaje hacia la inmortalidad está cargada de la emoción que genera en nosotros su trascendental existencia de poco más de 90 años.
Un orgullo especial atesoramos las actuales generaciones de cubanos que gozamos del privilegio de haber sido sus contemporáneos.
Pocos pueblos del mundo ostentan el peculiar premio de haber poseído en dos siglos seguidos a igual número de hombres geniales que se han desbordado del marco de nuestra pequeña isla para adquirir dimensión universal.
En el criterio de Fidel Castro, José Martí fue el más genial y universal de los políticos cubanos del siglo XIX.
Inspirado en el profundo humanismo que caracterizó su vida y obra, no por casualidad aquel joven abogado de sólo 27 años lo denominó como el autor intelectual del asalto al cuartel Moncada.
Tras haberlo citado de memoria más de 300 veces en su alegato de autodefensa La historia me absolverá, avaló con ejemplar actuación su pertenencia a la que él proclamara como la Generación del Centenario del Apóstol.
No es humanamente posible que quepa en 21 días la inmensidad del sentimiento hacia Fidel, multiplicado en nuestro pueblo y en millones de seres humanos de otras latitudes.
En medio del controvertido mundo actual somos cada vez más quienes admiramos profunda y sinceramente al hombre que se erigió, a través de la Revolución Cubana y su proyección internacionalista, en voz y acción esperanzadora para los pueblos del Tercer Mundo y para la humanidad toda.
Hace algunos años, ante una pregunta de un periodista extranjero acerca de lo que sucedería en Cuba cuando ya él no estuviese liderando la Revolución, el Comandante en Jefe expresó que lo más importante para un revolucionario es que su obra perdure más allá de su existencia física.
Sirva la muy reciente y contundente victoria diplomática de Cuba contra el bloqueo de los Estados Unidos en la Organización de Naciones Unidas, como certero aval de que aprendimos con él a usar el efecto bumerán en la política internacional.
La mayor y mejor ofrenda de nuestro pueblo a Fidel, a dos años de su paso a la inmortalidad, es mantener invicta su obra y su legado, a través de la actual continuidad generacional de la Revolución.




