
Ana Betancourt. Foto: ACN
Hace algunos años escuché a un apasionado historiador holguinero que introducía su conferencia de una forma peculiar: “Cuando alguien intenta atacar de alguna manera a la mujer cubana está atacando directamente las bases esenciales de nuestra nacionalidad”.
A continuación, ante el auditorio cautivado y silencioso, mayoritariamente femenino, con su voz fuerte y enérgica para argumentar su anterior juicio sentenciaba: “Patria es mujer, bandera es mujer, manigua es mujer, Cuba es mujer”.
Ahora vienen a mi mente esas hermosas palabras y recuerdo a damas de la talla y estirpe de Rosa “La bayamesa”, aquella abanderada y enfermera con la que vibró la cuna de la nacionalidad antillana en octubre de 1868, tras el grito de ¡Viva Cuba libre! lanzado por Carlos Manuel de Céspedes y sus seguidores.
Con el inicio de las contiendas independentistas en la mayor de las Antillas emergió, con luz propia para orgullo de las generaciones actuales, la joven camagüeyana Ana Betancourt.
Sin dudas una mujer peculiar, adelantada a su tiempo, quien no por azar sino por derecho propio bien ganado en los preparativos para la insurrección de la mano de su esposo Ignacio Mora, fue protagonista de una batalla especial en el instante fundacional de la nación caribeña.
Estuvo presente y alzó su voz tierna y fuerte en fecha tan temprana como el 10 de abril de 1869, día en el que se reunieron en Camagüey patriotas del oriente y del centro de la Isla, con el objetivo de constituir la República de Cuba en Armas y elegir a su primer presidente que resultó ser Céspedes.
Saltando por encima de los prejuicios de su época, caracterizada por una sociedad esclavista y patriarcal que asignaba a la mujer solo funciones de esposa, madre y ama de casa, aquella criolla de tez clara, pelo ensortijado y ojos oscuros se alzaba sobre un pedestal para la historia patria al hablar en nombre de las cubanas, solicitando su legítimo derecho de ocupar espacio en la manigua mambisa.
Con el civismo que caracterizó -al decir de José Martí– a los próceres en la Asamblea de Guáimaro, proyectaron como sería Cuba luego de la independencia y resplandeció la oratoria de Ana Betancourt al exponer que las mujeres merecían participar junto a los hombres en igualdad de derechos y oportunidades, tanto en la batalla como en la posterior organización de una república libre de todo tipo de esclavitud.
Ella fue consecuente durante su vida al actuar en correspondencia con su discurso, pues vivió para la causa independentista, a la que se entregó tanto en la manigua redentora junto a su esposo, como en la retaguardia en tareas conspirativas.
Sufrió en carne propia los rigores del presidio y la deportación. En suelo extranjero la conmocionó la noticia de la muerte de su cónyuge, quien fue fusilado por fuerzas militares españolas.
Cuando la muerte la sorprendió en Madrid, España, el 7 de febrero de 1901 a los 69 años, estaba alistando los preparativos para regresar a Cuba.
Como tributo a su memoria fue creada la Orden Ana Betancourt al mérito, otorgada a mujeres que hayan contribuido a la defensa de los valores femeninos y revolucionarios, tanto en el ámbito nacional como en el cumplimiento de misiones internacionalistas.

