Hace 14 años Viñales acogió orgulloso los restos de una gran mujer. El bello paisaje recreado por la pluma de Dora Alonso en la que fuera, quizás, su más reconocida noveleta para niños y adolescentes, fue el homenaje perfecto para la artífice de El valle de la Pájara Pinta.
Autodidacta y de envidiable imaginación, las letras dictaron tempranamente el destino de Doralina de la Caridad Alonso Pérez, nuestra Dora. Siendo apenas una adolescente de 16 años publicó en las páginas de El Mundo, prestigioso diario cubano de la época, su primer poema: Amor.
Nacida en un pequeño poblado del municipio Máximo Gómez, en la provincia de Matanzas, muy joven enrumbó su vida hacia el periodismo, labor que la acompañaría durante toda la vida. Corresponsal del diario Prensa Libre de Cárdenas en la década del 30 y de la revista Bohemia, esta incansable mujer cubrió con más de 50 años, los sucesos de la invasión mercenaria a Playa Girón en 1961.
Si algo caracterizó la producción literaria de Dora fue, además de su calidad, la variada gama de perfiles en que se desenvolvió. Para la televisión escribió, acompañadas de rotundo éxito, dos novelas muy recordadas: Sol de batey y Tierra Brava. Autora también de textos para el teatro, como la comedia La casa de los sueños, Premio Nacional de Teatro 1959, y de novelas—Tierra inerme, Premio Casa de Las Américas 1961.
Sin embargo, fue la producción de noveletas, series de aventuras y poemas para niños y adolescentes lo que convirtió a Dora Alonso en una escritora cubana de reconocida popularidad. Mediante el reflejo de la realidad cubana, acompañada de elementos del folklore, humor, y el marco geográfico de determinada región de la Isla logró hechizar a grandes y chicos.
Aventuras de Guille publicada en 1964, fue su primer gran éxito, seguido del Cochero azul, conjunto de fábulas y versos. Otro gran momento le corresponde a la Flauta de Chocolate y luego llega El valle de la Pájara Pinta, noveleta con la que obtuvo el premio Casa de Las Américas en 1980, y es tal vez el libro suyo más conocido, traducido y editado.
Premio Nacional de Literatura 1989 y acreedora de la Medalla Alejo Carpentier y de la Distinción por la Cultura Nacional en 1981, fue su obra para niños, desbordante de ternura, el mayor de sus lauros.
Eterna enamorada de la naturaleza, pidió al morir que fueran esparcidas sus cenizas en el valle de Viñales donde aun permanece, junto a sus historias, el hada de los más pequeños.

