
Homenaje a Fidel Castro de alumnas de la escuela para campesinas Ana Betancourt. Foto: Radio Rebelde
Aún guardo con amor el libro de literatura de la Facultad Obrero Campesina, donde mi madre conservaba los retazos de tela y recortes de papel con las primeras puntadas que aprendió a hacer en los cursos de corte y costura de la escuela Ana Betancourt en La Habana.
Gestada por el líder histórico de la Revolución cubana, Fidel Castro, y por Vilma Espín, primera presidenta de la Federación de Mujeres Cubanas (FMC), el objetivo fundamental de la idea fue la capacitación, como tarea que el Partido Comunista de Cuba y el Gobierno le habían encomendado a la organización.
En junio de 1961 el Comandante en Jefe anunciaba, durante una reunión del Ministerio de Trabajo, la compra de 14 mil máquinas de coser para las alumnas del centro educacional.
Inicialmente, según contaba mi madre, el curso se pensó para muchachas campesinas provenientes de las zonas rurales del país; sin embargo, la tarea tuvo tal acogida que se sumaron también jóvenes de la capital cubana, entre ellas mi progenitora.
Todavía recuerdo cómo siendo una niña, aunque siempre me llamaron mucho la atención aquellas telitas y papeles bordados que estaban en el libro de páginas amarillentas por el tiempo, jamás los pude tocar.
Solo mi madre, dueña de sus recuerdos, los sacaba, acariciaba y narraba con gran orgullo las vivencias y emociones de aquellas históricas jornadas, donde no solo aprendió a coser, bordar o tejer; sino igualmente se compartieron otras tareas en las cuales desempeñó un papel fundamental la FMC en las luchas por la emancipación de la mujer.
Inspiradas en la patriota cubana Ana Betancourt, defensora de los derechos de la mujer, quien asimismo proclamó la redención de las féminas cubanas en la Asamblea de Guáimaro, miles de muchachas se vincularon al programa de superación profesional y educacional, que formó parte de las grandes proezas de la naciente Revolución.
Esta fue una de las acciones más importantes que desempeñó la mujer cubana a inicios del triunfo revolucionario, la cual contribuyó a darles identidad y visibilidad en su bregar por los derechos actuales ya alcanzados, y que sirvió para enaltecer la labor de una organización cuya eterna presidente, Vilma Espín, se recuerda cada día.
Con el paso del tiempo, comprendí el recelo de mi madre por aquellas telitas y papeles bordados que en la actualidad conservo, y me sirven de inspiración para narrar a mis hijos acerca de los momentos más felices vividos por su abuela, y de una de las tareas más nobles de las tantas emprendidas por la Revolución cubana desde sus inicios.
