El Liverpool mira a Kiev

Salah ha tenido una temporada de ensueño con el Liverpool. Foto: Internet.

Una noche mágica se vivió en Anfield Road. De nuevo el color rojo tiñó el graderío y podríamos decir que los parciales Reds se fueron satisfechos, sí…aunque no histéricos de la alegría.

Lo del Liverpool fue un concierto. Ochenta minutos aplastantes de un fútbol al que nos han venido acostumbrando en esta Champions League, de transiciones relámpago de esas que en sólo cuatro segundos arman un contragolpe.

La mano de Jürgen Klopp se deja ver entonces en cada movimiento de los ingleses, que salieron a no esconderse ante un rival que, si bien había eliminado al Barcelona, no tiene la historia y experiencia en estas instancias que ostentan los de la ciudad de Los Beatles.

Mohamed Salah abrió la cuenta pasada la media hora con un golazo a la escuadra que nada tiene que envidiar a los mejores del año en la contienda europea, y su asociación letal con Roberto Firmino, el otro grande de la noche, puso el 2-0 al 45+1. Digno de recordar para más adelante, Sadio Mané desperdiciaba dos goles casi cantados con remates horrendos.

Precisamente sería el senegalés, quien pasados 10 minutos de iniciado el segundo tiempo pondría el 3-0, parcial complementario en el que asombró el hecho de que Di Francesco, entrenador romano, no tomara acciones más drásticas para buscar goles.

Roma bajó los brazos. Liverpool no. Salah asistió par de veces a su compadre Firmino, que puso el cuarto y quinto tantos en la pizarra. Letal. Matador. Sin esperanzas. El mejor tridente europeo, con 28 goles en Champions. No están en Madrid, ni en Barcelona, ni en Múnich. Juegan a la sombra de las puertas de Shankley.

Llegaron los 70´ y el DT de la Roma decidió hacer los cambios que pedía el equipo a gritos, ante la mirada desconsolada de Totti y Monchi desde las gradas. Entraron Gonalons y Perotti. Y La Loba cambió la cara.

Apareció un equipo que nunca se había visto en el campo de juego, el mismo equipo que se parecía a aquel que dejó sin aliento al Barcelona. Apareció Dzeko. 5-1. Henderson le grita a Lovren. Klopp le grita a Lovren. Lovren grita sin razón. La culpa es suya.

Cuatro minutos después, Milner y una mano en el área. Penal. Perotti cobra una vaselina impecable a la escuadra izquierda de Karius. 5-2. Roma vive. La diferencia de tres buscando la vuelta en el Olímpico deja alguna esperanza. Y ahora se recuerdan los fallos de Mané.

No obstante a la victoria, Klopp debe preocuparse un poco. El equipo se desconcentró en los finales y le dio vida al muerto, una inyección de aire directo a los pulmones a una Roma que pataleaba entre convulsiones y ya remontó tres goles cuando parecía imposible en su estadio.

En contra, Di Francesco tiene que Klopp no es Valverde, tiene más experiencia en momentos clave remontando marcadores adversos, así que sabe jugar bajo presión. Ya lo hizo contra el Manchester City, cuando nadie le daba como favorito.

Y por supuesto, remontar tres una vez se hace. Hacerlo dos veces es más complicado. La filosofía de Klopp no incluye cuidar resultados, sino aplastar al rival, como todo estratega alemán que se respete. Tendrá que hacer mucho la Roma para pasar, aunque la ventana, una vez más, está abierta.

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