
En cada título de la lucha cubana, en cada campeón olímpico como Mijaín López (en la foto) hay mucho de la labor de hombres como Pedro Val, José Yáñez y Gustavo Rollé.Foto: Internet.
Cuando los luchadores cubanos dijeron aquí estamos —y de qué manera— en Barranquilla 2018, mi pensamiento se dirigió hacia tres personas que han sido columnas en esta disciplina: Pedro Val, José “Pini” Yánez y Gustavo Rollé. Hay más, pero ahora me referiré a ellos.
Presencia eterna de Val
Pedro falleció pocos días antes de que nuestro seleccionado arrasara en el certamen regional.
Enamorado del arte de las llaves y los agarres se lanzó a practicarlo, pero pronto la pasión escogió otro rumbo donde sí sería un campeón al convertirse en maestro, en un gran forjador de decenas de muchachos dorados.
Val se entregó completo a su labor y supo capacitarse. Títulos olímpicos, mundiales, centrocaribeños y panamericanos también le pertenecen. La mayoría de los conquistadores conducidos por él, son personas valiosas. ¡Cuánto de él en Mijaín! En todo logro, su dedicación resultó primordial.
Reconocido por las autoridades internacionales de la disciplina como el mejor instructor del mundo en 2010, llegó mucho más alto: es uno de los mejores del su país en todos los tiempos y todas las especialidades. De la estirpe de Eugenio George y Alcides Sagarra. Esencial en el desarrollo de la Escuela Cubana de Lucha.
Presencia de Pini
Otro de los que se ha sentido en la lid de la ciudad colombiana, especialmente sobre el colchón, es José “Pini” Yánez.
Siempre participó dignamente en los combates del estilo libre. Sus primera victoria, frente al rival más terrible: la miseria, material y espiritual, de la propia etapa que takleaba muy duro antes del Triunfo de la Revolución.
Yáñez alcanzó plata en los 68 kilogramos de los VII Juegos Centroamericanos y del Caribe de 1954 y bronce en la categoría pluma (63) en los II Juegos Panamericanos, efectuados en 1955, ambos torneos acogidos por la capital mexicana.
José tuvo el honor del ser abanderado de la delegación de la Mayor de las Antillas en los Juegos Olímpicos efectuados en Roma, en 1960. Allá se batió sin coronar anhelos en los 67 kilos.
Fundador del Instituto Nacional de Deportes, Educación Física y Recreación (Inder), fue determinante en la creación del relevo y logró ser un destacado científico del universo atlético.
Permítanme incluir algo personal en estas líneas. Lo conocí hace 55 años mientras daba mis primeros pasos en el periodismo deportivo y tuve en “Pini” un generoso apoyo que ha pesado en mi quehacer.
La muerte de José Yáñez resultó una gran pérdida para la familia del músculo. En la actualidad, los Premios Nacionales Científicos que entrega el Inder cada año llevan su nombre.
Rollé nos llena de dicha
La noticia abrazó de alegría al Equipo Nacional de Historia del Deporte y a la recién constituida sección deportiva de la Unión de Historiadores de Cuba en La Habana: uno de sus miembros, Gustavo Rollé, ha sido exaltado al Salón de la Fama de la Lucha.
Aquellos no son los únicos sitios donde la dicha se enlaza al suceso: los practicantes y entrenadores de la lid de los agarres y las llaves han sido los primeros en ser ganados por el regocijo, al calor de esta justa decisión de la Unión Mundial de la citada disciplina.
El exaltado se une a otros dos compatriotas con la misma distinción: los grandes ases Héctor Milián y Filiberto Azcuy, monarcas olímpicos.
La familia del músculo agrega otro goce inmenso. Cuando se le da a una persona el galardón que merece, en su pecho se reflejan todos los que valen, y el estímulo obtiene mayor relevancia. El premiado es quien glorifica al premio.
En este caso, y en los otros dos, la fama si significa gloria. No se entrega por años de servicio: se otorga por una misión triunfal. No se debe recompensar a alguien, si sus tareas o los esfuerzos realizados no llegan a cristalizar.
Rollé no cayó desde las nubes, partió de la base; estudioso y entregado a su labor, ascendió por su constancia. Cosechó avances en sus 20 años como entrenador principal de las selecciones nacionales y por sus manos pasaron atletas de la altura de Raúl Cascaret, Bárbaro Morgan y Luis Ocaña. Guiaba sin aferrase al avance atlético, ni soslayar otros asuntos.
También asumió con éxito sus cargos de dirigente nacional de la federación y la comisión nacionales, en el alto rendimiento, y en el buró de lo que se llamó Federación Internacional de Luchas.
Gustavo, ya jubilado aunque no retirado, ha expresado en relación con el galardón: “Esta distinción me impulsa a trabajar mejor aún por nuestro deporte y por el país hasta el final de mi vida”, expresó.
