Ciudad de blanco

Entrada de la necrópolis Cristóbal Colón. Foto: Internet.

Entrada de la necrópolis Cristóbal Colón. Fotos: Internet.

Ataviada con el blanco de la santidad y la pureza, la espiritualidad que le imprimen sus monumentos, sus calles en perfecto ángulo recto y un importante amasijo de historias y leyendas, así trasciende en el tiempo la habanera necrópolis Cristóbal Colón.

Motivo de orgullo para los que habitan el día a día de las cinco veces centenaria capital cubana, la ciudad de blanco cumple por estos días el aniversario 147 de su fundación, en un sitio entonces apartado de la vida urbana, cuando el azote de las epidemias dio al traste con la capacidad de servicio del colapsado cementerio de la calle Espada.

Fue el 30 de octubre de 1871 cuando se coloca la primera piedra de un excelente proyecto presentado al concurso para la edificación del nuevo camposanto por el arquitecto español Calixto de Loira, fecha escogida como fundacional de lo que es hoy uno de los conjuntos funerarios más importantes del mundo.

Y es que extendido en la céntrica demarcación del Vedado, la necrópolis colombina abarca un área de 560 mil metros cuadrados, compitiendo en diseño urbanístico y riqueza patrimonial con la ciudad extramuros que siguió creciendo hasta abrazarla de modo que solo un muro separa en la actualidad la ruidosa urbe de la silente.

Dividida en 222 manzanas por sus calles en forma de cruz, a partir de la capilla central del camposanto, la ciudad dormida se extiende de norte a sur y de este a oeste para acoger cerca del 70 por ciento de los enterramientos que se realizan en La Habana.

Sitio que invita a la recordación de los seres queridos y a la meditación de los misterios de la vida y la muerte, el grandioso conjunto urbano funerario sorprende siempre a citadinos y visitantes por la majestuosidad de su arquitectura ecléctica, el valor de sus edificaciones y monumentos, así como por el patrimonio inmaterial conservado en las más de 52 mil propiedades registradas.

Mausoleo de los bomberos.

Mausoleo de los bomberos.

Las historias de amor de Catalina Lasa, del estoicismo de los bomberos de la calle Isasi, del arrojo de los mártires internacionalistas cubanos, son valores sentimentales recogidos en las grandes obras arquitectónicas del cementerio.

Andar sus calles nos lleva también a la filosofía de vida de grandes personalidades de las artes, las ciencias y la historia, como la tumba de la afamada cantante Rita Montaner, la austera obra de herrería que resguarda los restos del gran benefactor de La Habana y padre de la hidráulica cubana Francisco de Albear y el monumento a Máximo Gómez, relevante figura de la historia patria.

Allí, en el lugar donde concluyen, según la sabiduría popular, los afanes, reciben igualmente sepultura, negros y blancos, pobres y ricos, religiosos y laicos, que un día caminan por esta ciudad y dejan el legado de sus costumbres, contribuciones y valores éticos y estéticos.

Desde sus edificaciones de descanso eterno y epitafios, continúan interactuando con las actuales generaciones, interesados en conocer más de las raíces cubanas en los recorridos dirigidos y espontáneos, por una necrópolis declarada en el 1987 Monumento Nacional y con un lugar muy especial en la memoria sentimental y afectiva de los habaneros.

Tumba de Cristina Lasa.

Tumba de Catalina Lasa.

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