No voy a decir que me parece que fue ayer cuando pisé la Lenin por primera vez, porque estaría mintiendo de lo lindo…sobre todo cuando mi primera experiencia con ese centro de estudios fue hace ocho años.
Recuerdo que llegamos bajo un intenso aguacero, que la cola de estudiantes en el punto del Parque Manila estaba atestada porque cuatro municipios debían partir de allí aquel domingo de septiembre, y sobre todo jamás olvidaré que gracias a la lluvia tuve que lavar a puño por primera vez una camisa.
Esa fue solo una de las experiencias que me aportó mi estancia de tres años en el Instituto Preuniversitario Vocacional de Ciencias Exactas Vladimir Ilich Lenin, ese gigante azul que hoy cumple cuatro décadas de fundado y ha dejado una marca importante en las vidas de las tantas generaciones que pasaron por él.
Aprendimos mucho en la Lenin con sus excelentes profesores: supe que la Matemática no era lo mío y que la Física me costaba un inmenso trabajo, mientras la Química y la Biología se me daban más o menos. Descubrí que la Ilíada de Homero no tendría nada que ver en el fondo con la película de Brad Pitt y que a fin de cuentas no importaba cuantas veces fueras al huerto, nunca tu trabajo se iba a poder comparar con el de los llamados “pre en el campo”…aunque estuvieras becado también.
Esa escuela fue el primer paso del sueño de Fidel de tener centros que formaran jóvenes de vanguardia, los mejores preparados en la esfera de las ciencias y las letras, que pudieran competir en cualquier entorno profesional en un futuro. Cuando el 31 de enero de 1974 se concretó finalmente esta idea, seguro ni el Comandante en Jefe, ni el ilustre Leonid Brezhnev se imaginaban lo que este lugar representaría en las vidas de muchos.
¿Qué decir de la Lenin? Por mi experiencia la Lenin fue independencia, pues aprendimos a no depender de nada más que nuestros esfuerzos para lidiar con nuestros problemas y sobre todo conocimos aquello de que “nadie te va a dar lo que no te ganes tu mismo”. Fue también superación: la primera vez que chocábamos con un programa educacional tan serio y avanzado.
Diversión es otra palabra que no debería faltar aquí, porque esa sobró de veras, entre canchas y pelotas, trabajos construyendo un terreno para practicar béisbol y maldades en el corazón de esos bichos llamados albergues. Es amistad, porque los amigos que conoces en la Lenin suele decirse que son los de toda la vida. Hay quien incluso allí, encontró el amor de su vida, y se lo agradece todos los días a esa escuela.
Cierto es que ha cambiado, que ya no hay día del egresado y que las fiestas se hacen fuera. Que solo la vemos desde lejos y soltamos algún lagrimón de evocación por aquellos días. Pero lo más importante es que aunque ya hayamos terminado nuestros días allí, estamos vivos en todos los estudiantes que permanecen en ese lugar, en las paredes, en los grafitis del trampolín, las piscinas, el comedor.
Como dice la canción que compusieron mis amigos de graduación, los del 35 aniversario, esos que aún son amigos míos y no se han desteñido con el tiempo: no importa si se fue, yo sé que volverá, con las puertas abiertas, para volver a soñar.
