Si tiene el color de La Habana, si huele como La Habana, si suena como La Habana, y si es orgullosa como La Habana, entonces es la capital cubana.
La tonalidad azul de La Habana viene de su Malecón, de su Bahía, del mar, del cielo, pero además de la influencia de la Virgen de Regla, que desde su asiento en el ultramarino municipio capitalino vela por el futuro de sus hijos y por la paz de los que pasan a confundirse con la bruma del más allá.
La Habana huele a cocina criolla mezclada con las particularidades culinarias de oriente, centro y occidente; a perfumes exóticos creados por el entrecruce de los más delicados con los menos favorecidos, todo ambientado por los caprichosos escapes de gases manufacturados, cuya envejecida red soterrada de distribución busca compartir en la superficie las ocurrencias de una capital de diversa gastronomía, pero que solo logra sazonar con su particular olor el don único de la modernidad.
El bullicio de La Habana se crea como estandarte de caballeros andantes por el ronroneo multiplicado de los cuantiosos carruajes motorizados; por el choque obligatorio de metales entre sí que la industria y su laberinto de máquinas procesadoras transforma en riquezas públicas; por el ábrete paso de grupos y solistas musicales que en el afán de darle ritmo a la vida, inundan hogares, restaurantes y cualquier plaza donde proponer la calidad de tonalidades propias, mezcladas o importadas; por el pregón de quienes anuncian una oferta de productos que no a todos interesa, pero que agrada por la originalidad de la imaginación popular; por el habla alto de los habaneros y también de los no habaneros, que ordinariamente se convierte en información necesaria para atender un asunto cotidiano.
Del orgullo de La Habana conocen bien los colonizadores españoles, los gobernantes mediatizados, los que por asfixia económica pretenden ponerla de rodillas.
Y ha sido así desde sus 496 años de existencia, desde que fue colocada la primera piedra extraída por manos esclavas de las penosas canteras, desde que la chulería y complicidad de cubanos desnaturalizados la vendieron políticamente al extranjero rubio, y desde que al fin alcanzó personalidad propia.
No es que la historia haya transitado por La Habana, es La Habana la que transita por la Historia.


