Carlos Embale, el son y la rumba en la garganta

Carlos Embale. Foto: Internet.

Carlos Embale. Foto: Internet.

Decir Carlos Embale es, sin lugar a dudas, decir son, rumba, música cubana y voz de timbre inconfundible.

Como escribiera el poeta cubano Eliseo Diego: “No es por azar que nacemos en un sitio o en otro, sino para dar testimonio”.

Por eso, no resulta extraño que Embale utilizara el lenguaje musical para ofrecer su testimonio, pues nació en el barrio habanero de Jesús María, en el que las tradiciones musicales están muy arraigadas.

Esteban Carlos Embale Molina abrió sus ojos al mundo el 3 de agosto de 1923. De cuna pobre, y como ha sucedido a muchos de los grandes músicos de la Isla, tuvo necesidad de trabajar duro para ganarse la vida antes de que fuera descubierto como cantante; fue barrendero y estibador en los muelles.

En 1936, un amigo lo llevó a La Corte Suprema del Arte, programa radial diseñado para descubrir nuevos talentos, y allí obtuvo el primer lugar, con lo que dio inicio su trascendente carrera artística.

Después, el cantante Mario Rosales y el percusionista Mongo Santamaría lo llevaron al muy famoso Septeto Boloña, con el que estuvo hasta que empezó a cantar con Arcaño y sus Maravillas.

Más tarde transitó por las orquestas de Neno González y Carlos Castillo, y en 1940 integró la de Guillermo Díaz, en el actual municipio Marianao, donde también cantó con Silvano Shueg Hechevarría, conocido por el apodo de Chori. Pero como cantante no podía obtener el dinero suficiente para sobrevivir, por lo que debió seguir cargando bultos en el puerto habanero.

Lugar de reunión de los estibadores, cuando no había trabajo en la terminal marítima, era un bar situado en la esquina de las calles San Isidro y Habana, conocido como la Barra de José.

Según relató el propio Embale, allí fue a buscarlo Miguel Matamoros después de escuchar un disco que había grabado con los Dandy 40. Contó que lo citaron para la emisora CMBF, que en aquel momento se encontraba en Prado y Colón, y que allí lo recibieron “como si fuera un gran personaje”.

Benny Moré, quien llegó en ese momento, le propuso ocupar su lugar en el conjunto de Manuel (Mozo) Borgellá, pues él partiría hacia México con Matamoros.

Con esa agrupación se presentó desde 1946 hasta 1953 cuando pasó a trabajar con Rafael Ortiz y de ahí al Septeto Nacional dirigido por Ignacio Piñeiro, al que siempre consideró como un maestro y un padre.

El periodista Omar Vázquez relata en el diario Granma, que “al Septeto Nacional le prestó su voz característica y su sabiduría sonera por largos años. Como testimonio quedan los discos, documentales y videos, donde desgrana poderosas melodías como venidas de lo más hondo de su tierra”.

El 12 de marzo de 1997, el mismo día, pero 28 años después que Piñeiro partiera hacia la inmortalidad, lo hizo Carlos Embale, pero su legado perdura y perdurará mientras haya amantes de la buena música.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *