Un homenaje a la poetisa Serafina Núñez tendrá lugar esta tarde en la sala Villena de la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), en ocasión del centenario de su natalicio.
Pero ¿quién es esta mujer de la que muy poco conocíamos incluso aquellos que como yo, éramos graduados de carreras de letras?
Se trata de una cubana, autora de una decena de poemarios publicados mayoritariamente en la primera mitad del siglo XX tanto en Cuba como en Francia, que fue conferencista y crítica literaria en la prensa plana y la radio cubanas, que colaboró en diarios y revistas de varios países latinoamericanos y fundadora en nuestro país de la organización progresista Unión Nacional de Mujeres y de la revista Nuestro Tiempo.
Cuentan sus biógrafos que fue novia de José Ángel Buesa, que sintió también una profunda admiración por el español Juan Ramón Jiménez a quien conoció durante la visita que él realizara a Cuba en el año 1936, cuando convocó el Festival de Poesía Cubana y Serafina estuvo entre las premiadas, siendo una jovencita de apenas 23 años.
Serafina Núñez cultivó en su poesía las más diversas formas métricas clásicas y el verso libre, pero es en el soneto y en la décima donde hace gala de su exquisitez de artesana, cuando los temas que la inspiran giran alrededor del amor, la flora y la fauna, aunque también encontramos otros de intimista, como el mar, la soledad, la vida, la muerte, el alma, el sueño…
Mujer de pasiones íntegras es el amor el tema más recurrente, el que marca su existencia y así lo refleja en sus poemas.
Por descuido involuntario o muy bien premeditado, la obra poética de Serafina se mantuvo en el olvido total durante varias décadas, aunque nunca dejó de escribir, hasta que en el año 2001 se hizo justicia y aparece en letra impresa su poemario “El Diamante Herido”.
Tuve la oportunidad de conocerla durante el homenaje que le realizara en esa ocasión el Festival Internacional de Poesía de La Habana, cuando se presentó el poemario y recuerdo el horror que experimenté ante el desconocimiento que yo tenía de una de las voces líricas femeninas más importantes de mi país.
Hoy nuevamente es el Festival Internacional de Poesía de La Habana de manera conjunta con la Asociación de Escritores quienes han organizado esta lectura homenaje, en ocasión del centenario del natalicio de esta mujer, Serafina Núñez, que bien ganado tiene el derecho a figurar en la nómina de los grandes poetas del siglo XX en Iberoamérica.
Aquí les dejo, a manera de regalo y dando fe de mis palabras, algunos de sus poemas.
Estancia de lo eterno
Amor de ti mi alma desdoblada
jadeando tu presencia a hez de hombres,
angustia de tu rostro la ganaba
en rara geometría y rudos cobres.
Polvo cansado por mi sien pasaba
-fechas, palomas, universos, nombres-
y el terrestre cuidado iluminaba
clima a tu reino en soledades pobres.
Amor de ti era sollozo ardiente
mordiendo el fruto de mi triste tarde.
Ahora te sello: ¡Oh huésped diferente!
Tu lluvia me desciende olor temprano,
tierno misterio entre mis venas arde
y es ya tu sombra el único verano.
Hombre y tiempo
El tiempo te vigila, te sorprende, te encarcela, te anula.
Ardemos en su llama como un frágil pabilo intrascendente;
altivo crees vencerlo. Él siempre posee el as de oro;
el reya de la corona nada facilita la derrota.
¡Ay, precarios pueblos de la nieve!
Son la única riqueza de lo eterno, hombre,
eres el fantasma de ti mismo en el instante
y apenas puedes descifrar el preámbulo
donde nacen las aguas de tu existencia.
Estás a tiempo -oyes decir a las comadres.
¿A tiempo para qué, señoras lívidas?
Ni siquiera tiempo para morir por ti dispuesto.
“Él” es el tañedor de los variados
y el de los mágicos y sublimes salmos,
el señor de paroxismos, sorpresas deslumbrantes
o funestas y de tu voluntad,
el poderoso señor de la memoria,
y tú, una gota cayendo, espléndida sonrisa acaso
del inocente sin realeza, que vendió sus juegos de existir
y se refugia en las caídas hojas de su ala
donde lo apresan las redes de lo inerte.
Jazmín de la presencia
Qué dulcísimo asombro de nube o de gacela
encendiendo, apagando, persiguiendo, ondulando,
marea gris-azul, azul-gris, rosa-tibio
clava en el aire ausente el ángel de tu ruego
y destrenza la gracia y dona olas ilesas de asustado misterio
para remos y velas.
¿En qué soplada tierra de huracanes seráficos,
por qué nieves tatuadas en el azul errante,
la inocencia del hombre, su llama imperturbable,
obedientes prodigios, y bestias y relámpagos
transparentes respiran en tu seno abrigado?
Esa comarca del rocío
que algunas veces siento pesar sobre mis párpados.
Novia del coral de ultra-cielo,
Espuma de Dios sonriente,
paloma de mis venas poseída.
Tu frente de girasol en éxtasis
llueve la deslumbrante atmósfera de una playa amorosa
donde todos podemos recoger un consuelo
como tesoros, conchas o astros por la arena.
Tu frente, que avanza provincias
donde el caballo del viento rinde sus azares.
Tu hombro reposado de arpas
para que cada criatura le tome el color a su llanto
y te lo entregue.
Tu piel centelleando de amanecidos misterios.
Tu pecho acantilado del suspiro,
tu celada mejilla donde el ámbar
nutre su cambiante raza fina.
Tus ojos fluyen entre las voces,
resbalan por las plegarias, por los gemidos
como cabellera peinada tiernamente.
Y aquí yo; te pulso alabanzas, convoco:
vengan algas, sirenas, extasiados corales,
tierras de los náufragos entreguen sus tragedias
y la paz desgarrada en húmedos remolinos,
de vacíos crepúsculos.
Vengan risueños elfos y rostros de los dioses
y su haz de tormentas;
miremos a sus manos devolviéndole al oro
la cálida vivencia,
la minúscula rosa que aletea en su cuello
y esa paloma fiel vigilándole el paso.
¡Ay temeroso cristal de mi sosiego!
Avecillas del otoño indeciso
que muere en el confín de la tarde,
sombras de mi sangre y de mi rezo,
flautas vistiendo de dulzura el aire;
vengan a este alborozo.
Yo le miro la espuma, la impalpable azucena,
el talle columpiado de musicales universos
y un hemisferio puro me invade silencioso.
Poema
Te converso en el claustro de mi sangre,
tú respondes, eres el eco de mi propio ser,
el inaudito, el de las verdes costas infinitas,
el que no anota el tiempo de los otros.
Dibujas parabanes y leyendas,
te mueres por la paz de mis recintos
cuando la noche abre sus penumbras,
sus delicados reinos de fragancia
al destino tenaz de mis asombros.
Yo soy esa mujer que pasa incierta
entre nieblas, palomas y memorias.
Soneto
Estoy sobre tu sol y tu sonrisa.
Para mi dalia busco luz y canto
en la guitarra tierna de tu brisa
desatada en el pecho con quebranto.
Funda a mi cielo bajo tu divisa
de playa abierta y mariposa, en tanto,
fluye el rumor caliente que agoniza
en mi frente, sus alas en espanto.
Deja tu flor fluyente y veladora
en la ribera dulce que te implora
mi pez soñando por tu madrugada.
A mis palomas dale norte y flecha,
ata mis pulsos, grábame tu fecha,
y siémbrame en tu tierra desvelada.
Tú, el testimonio
Poesía;
vienes a soliviantar mis huesos,
a cavarme,
a darme este vestido desusado
de habitante
de los cuatro puntos cardinales.
Aérea giras
mirando siempre al norte de ti misma.
Tú, el testimonio.
La brisa que escribe en la hierba
el testamento de las flores;
el trébol que dibuja el cristal del universo;
el ciervo que moja de ternura los bosques.
La espuma y la ola, la ceniza y el rocío.
El hombre y sus dominios
levantando montañas de sal por las esquinas de la tierra
El hombre, que come impasible su manjar de inocentes.
El que besa, el que trabaja, el que sonríe,
el de la orquestal pesadumbre,
el del secreto preludio en su pan de sollozos,
y el que muere
de la muerte de todos cada día.
Toma mi mordedura, el signo, el eco,
no somos yo sino nosotros.
Te entregamos a ciegas
nuestro fondo azaroso.
Versos al tiempo
El tiempo es un esquivo dromedario
que busca sus oasis en las almas.
Es el dios inflexible y desvelado,
habla un idioma siempre diferente.
Su majestad nos viste de cenizas.
Devora posesiones, embelesos, presencias;
apaga el esplendor de los augurios,
y nos ofrece como frutos secos
a la muerte.

