Javier Heraud, su mejor poema

Javier Heraud. Foto: Internet

Javier Heraud. Foto: Internet

Vence con su ternura el reto de la cuartilla: Javier Heraud sublima lo cotidiano, recorre, asciende, goza, sufre; recuerda viajes más allá de tierras y nubes, va de la desilusión a la esperanza…Sabrá luchar por ella aunque soslaye los versos. Ahora, escribe por él, por ti, por mí, sin conocernos, pero nos ama.

Estación del desencanto/ Cuando en mi casa nadie ríe/ y he peleado con mi madre,/ o con mi padre,/ o con mi hermano más pequeño,/ ya no hay más tranquilidad.

Tengo que dormir toda la tarde/ levantarme a las siete,/ comer mi pan con mantequilla,/ leer a Keats o a Machado/ y continuar mi lectura/ de Proust entre las horas.

Una biografía complaciente nos dirá al inicio: nació en Lima el 19 de enero de 1942. Tranquilos, apártense de lo gris. A este muchacho lo van a matar, ¡lo van a matar porque se opuso a las canalladas e intentó repartir mejor los panes, los peces, la querencia!

Fue asesinado en el río Madre de Dios, Puerto Maldonado, el 15 de mayo de 1963. Nació ese día para su patria, América y el mundo; para intentar perfeccionarlos cambió sus poemas por el fusil al formar parte del Movimiento de Liberación Nacional del Perú.

Se había soñador cineasta y para lograrlo estudió en La Habana. Acá su espíritu resultó fertilizado por un pueblo creador de caminos propios. No era un desconocido pese a que lo promisorio de su lírica predominaba sobre lo conquistado: primer premio compartido con César Calvo en el concurso El poeta joven de Perú, organizado por Cuadernos Trimestrales de Poesía y el galardón principal de los Juegos Florales de la Universidad de San Marcos, en 1961.

Entre sus obras se encuentran El río (1960), El viaje (1961, Estación reunida, Poemas de la tierra. Viajes imaginarios y Poemas Dispersos en Poesía Completa. No pudo disfrutarla plenamente porque prefirió defender su poesía, tan de las masas como de él, y le dio su existencia como verso mayor…

El viaje

He estado un largo año/ tendido en/ la hierba del olvido;/ cubierto por las hojas del amor/ y del otoño./ Ya he descansado/ un poco, lo confieso,/ ya partí sin despedirme / pero es que en mi corazón/ no cabían ya más flores,/ en mi corazón no entraba/ ya el duro secreto de la vida.

Washington Delgado escribió el 4 de julio de 1963 sobre el guerrillero poeta: “Javier Heraud tuvo el valor de escoger su muerte. Tuvo el privilegio de que su muerte no fuera banal ni egoísta. Tuvo la fortuna de morir por los demás. Pasará el tiempo y un día nadie sabrá ni su nombre. Pero murió por nosotros, por los amigos y por los enemigos, por los pobres y por los ricos, por los señores y por los esclavos. Murió, en fin por una historia que no se podrá detener (…)”.

Vamos más allá de su No estoy muerto: Sin embargo,/ entre tarde y tarde/ cuando vibran/ los soplos del silencio,/ abro ni corazón/ al conjuro/ del viento/ y la palabra,/ y construyo casas,/ mares,/tierras,/ nuevos albores,/ nuevaa tristezas./ Y callo al final/ (como siempre recordando y recordando ).

No solo abrió su corazón, lo entregó para que las casas, los mares, las tierras, la bondad, la alegría, reinaran desde los nuevos albores que se abrían paso desde el bosque a las ciudades.

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