El 19 de diciembre de 1910 nació en La Habana José Lezama Lima, uno de los grandes autores cubanos de todos los tiempos.
Fue fundador del grupo literario Orígenes junto a toda una generación de intelectuales que tanto brillo ha dado a la cultura cubana.
Refiriéndose a ese grupo, en pública polémica con el también intelectual Jorge Mañach, el propio Lezama Lima escribió: “Parafraseando a José Ortega y Gasset, diríamos que fue la búsqueda de la esencialidad –afianzamiento– del hombre como el «yo» salvado de sus circunstancias para así, inocente, ofrecer la prístina visión de su rol en ellas. A Orígenes –importan ‘las raíces protozoarias de la creación’ como modo de limpiar de falsedades arcaizantes la obra cultural que agonizaba ‘en las vastas demostraciones del periodismo o en la ganga mundana de la política’” .
Pero Lezama, como intelectual, fue mucho más lejos, fue poeta, ensayista, cuentista y novelista, y es en este último género donde alcanzó la cima como autor de Paradiso, la única novela que publicara en vida, el más controversial de todos sus escritos y la obra literaria cubana que más indaga en la estructura, la significación y el alcance de la familia para el devenir del ser humano.
Paradiso, indiscutiblemente, consagró a Lezama dentro de las letras hispanoamericanas, en ella se refleja la tradición y la esencia de lo cubano en una vertiginosa proliferación de imágenes que protagonizan un mundo de sensaciones, de recuerdos y de lecturas familiares que conforman y determinan la cosmovisión del novelista.
Sin embargo, hoy quiero recordar al Lezama poeta, figura imprescindible para la intelectualidad cubana, tanto para los de mi generación cuando era un autor prohibido, como para aquellos que llegaron después, quienes seguimos sintiendo su presencia como ese misterio que nos acompaña.
De su obra poética hoy escojo para compartir con ustedes estos tres poemas.
La mujer y la casa
Hervías la leche
y seguías las aromosas costumbres del café.
Recorrías la casa
con una medida sin desperdicios.
Cada minucia un sacramento,
como una ofrenda al peso de la noche.
Todas tus horas están justificadas
al pasar del comedor a la sala,
donde están los retratos
que gustan de tus comentarios.
Fijas la ley de todos los días
y el ave dominical se entreabre
con los colores del fuego
y las espumas del puchero.
Cuando se rompe un vaso,
es tu risa la que tintinea.
El centro de la casa
vuela como el punto en la línea.
En tus pesadillas
llueve interminablemente
sobre la colección de matas
enanas y el flamboyán subterráneo.
Si te atolondraras,
el firmamento roto
en lanzas de mármol,
se echaría sobre nosotros.
Para las décimas de Nicolás Guillén
Sin aumentar su poder,
Júpiter ya no merienda,
y que el instante comprenda
la lucidez sin ceder
el rasguño de la venda.
La naturaleza fascina
la escama que se inclina
tanto al aire que al cristal,
cuando hiende el calamar
a la cipriota divina.
Pregunta, deja el reverso
el cumpleaños del verso,
sonrisa de la toronja
la amarilla luz esponja.
Fiesta y final de la luz,
brillan los huesos en cruz.
Azul oscuro la trampa,
la tapa sopla y levanta.
Salta hasta los mismos ojos,
clásicos ya sus antojos.
Viene como los cantores,
taburete, compás y fines.
Silenciosa la sitiería,
cumple la orden día por día.
Felizmente su papeleta
tiene la fecha y la glorieta
de los cantores en la noche,
condecorado va en un coche.
Las mulas son cascabeles
mascan mosquitos y papeles.
Y este otro, dedicado a la bahía de La Habana
Al pie de las murallas
el aire tartamudo
desliza sus sirenas,
plata mansa sin hoy
mana sus lunares
entre lunas cansadas
sin balcones. ¿Qué será,
qué será? Bajo el arco
y pestañas, la tarde,
-codorniz de Ceilán-
rompe en flechas sus colores.
Descuidas las islas
pie ligero y concha reciente,
de sonrisas y flautas,
sobre faldas tan lindas
pasajeros con cintas
y mañanas redondas!
Verdinegros incógnitos
los celos de la noche
¿Qué será, qué será?
El alfiler del rocío
redobles del aire tierno,
se extingue en ay, ay, ay, ay.
La sorpresa de la rosa en el agua,
vida entre vidas,
la rechazan las olas
con heridas sin gritos.
Las estrellas se mecen
al compás que no existe
del agua amanecida,
y así puede mecer
a los niños de Arabia,
con heridas y gritos.
Y loca entre balcones
la tarde recurvando,
empina entre algodones
su voz que ni se escucha
perdida entre latidos:
¿Qué será, qué será?
En la obra toda de José Lezama Lima está La Habana, La Habana con sus colores, sus olores y sus sabores, con sus calles, sus sitios y sus gentes, valores que lo hacen indiscutiblemente más cubano y precisamente por ello es más universal.

