La música cubana, como una de las expresiones más pujantes de la cultura nacional, ha experimentado diversas transformaciones a lo largo de la historia, a partir de esa mezcla de tradiciones importadas fundamentalmente de Europa y África a la que el sabio don Fernando Ortiz calificara como un ajiaco*.
Fue así que el primero de enero de 1879 se estrenó Las alturas de Simpson, la primera pieza musical de un género que vendría a democratizar la música en Cuba: el danzón, que evolucionó a partir de la contradanza cubana al adquirir caracteres cada vez más criollos y africanizados y aumentar el tiempo que podía ser aprovechado por los bailadores.
Pero este ritmo cadencioso, inventado por Miguel Faílde y que fue instituido como baile nacional de Cuba en la década de 1920, entró en competencia con el son, más movido y de fácil ejecución bailable, que era preferido por la mayoría. Así, los contratos para agrupaciones danzoneras comenzaron a escasear.
Juan Manuel Aniceto Díaz se dio cuenta de esta situación y decidió crear un nuevo ritmo mezclando elementos de ambos géneros. Entonces nació el danzonete, una variante del danzón que, entre sus nuevas características se destacaba por ser más ligero y contar con un texto para ser cantado, del que carecía su predecesor.
El 8 de junio de 1929 se estrenó el primer danzonete, titulado Rompiendo la rutina, en el Casino Español de Matanzas. El nuevo género destacaba mucho al cantante solista y su montuno se convierte casi en una guaracha.
Entre los cantantes que asumieron el nuevo ritmo resalta Paulina Álvarez, quien por sus excepcionales cualidades se ganó el sobrenombre de la Emperatriz del Danzonete, y que hemos escogido como válido pretexto para el diálogo con nuestros lectores, pues este 22 de julio se cumplen 52 años de su fallecimiento.
Paulina nació en la ciudad de Cienfuegos, en el año de 1912, y desde muy joven dio muestras de sus prodigiosas facultades vocales y musicales. Siendo adolescente y residiendo en La Habana con su familia, se estrenó en la radio con una versión muy personal del popular tema El manisero, de Moisés Simons.
Sus primeros éxitos le llegarían con la orquesta Elegante, que dirigía el maestro Edelmiro Pérez, al interpretar como solista el bolero Lágrimas negras, del ya entonces popular compositor Miguel Matamoros y la canción Mujer divina, del mexicano Agustín Lara.
No resulta extraño que el creador del danzonete escogiera a esta singular cantante para que diera a conocer la nueva modalidad en la capital del país, por lo que Rompiendo la rutina fue instrumentada y se le hicieron arreglos especialmente para la tesitura de Paulina.
Poco después ella fundaría su propia orquesta, compuesta por músicos excelentes que le seguían y respetaban, no solo como persona, sino también por sus conocimientos musicales, obtenidos en sus estudios de teoría y solfeo, piano, guitarra y canto, realizados en la Academia Municipal de La Habana, hoy escuela de música Amadeo Roldán.
La popularidad de Paulina Álvarez fue enorme. Grabó discos con las principales firmas mundiales; llenaba los lunetarios más importantes de Cuba, su voz se radiaba diariamente y transitó con éxito por las agrupaciones más significativas, gracias a su versatilidad interpretativa y al cuidado que ponía en la selección de las piezas que componían su repertorio. Tal vez por ello se adecuó de manera tan orgánica a la novedosa sonoridad del danzonete.
Su último momento en público ocurrió en el programa Música y Estrellas de la televisión cubana, cuando cantó y bailó con otra estrella de la farándula nacional, el gran Barbarito Diez, y con la orquesta decana de la mayor de las Antillas, la Aragón.
La muerte alcanzó prematuramente a Paulina Álvarez, la Emperatriz del Danzonete, con solo 53 años de edad, cuando hubiera podido regalar mucho más de su prodigiosa voz y su exquisito arte a Cuba y al mundo. Así es de injusta la vida.


