Manuel Corona: que su impronta perdure para siempre

Manuel Corona Diseño: Gilberto González García

Diseño: Gilberto González García

Una de las figuras más representativas de la trova tradicional cubana es Manuel Corona, junto con Sindo Garay, Alberto Villalón y Rosendo Ruiz.

Canciones suyas, como Mercedes, Aurora, Santa Cecilia y de manera muy especial Longina, continúan estando en la preferencia de muchas personas, no solo en Cuba, sino en otros rincones del mundo.

Nos convoca hoy entonces escribir acerca de este criollísimo mulato que nació el 17 de junio de 1880 en la ciudad de Caibarién, en actual provincia de Villa Clara, al centro de la Isla.

Como en otras tantas historias de artistas populares, a Corona no le sonrío la fortuna, ni obtuvo fama fácilmente. Siendo aún adolescente tomó la alternativa de irse a La Habana para tratar de abrirse paso en la vida.

En la capital desempeñó los trabajos más modestos en el taller de cigarros La Eminencia, que se encontraba situado en el número en 129 de la calle Ánimas, en el municipio de Centro Habana.

Con el tiempo alcanzaría notable habilidad en el torcido de tabacos, al igual que con la guitarra, que ya lo acompañaba desde hacía tiempo.

Justo con el nacimiento del siglo XX nació su bolero Doble inconsciencia, su primera pieza reconocida.

Dos años después se produciría, en Santiago de Cuba, su encuentro con el maestro Pepe Sánchez, uno de los primeros cultores del bolero, quien quedó impresionado al escuchar al joven cantor:

“Serás algo notable, Corona, yo te lo digo”, vaticinó entonces el bardo, quien sería considerado también como el padre de la canción trovadoresca cubana.

Significativa también sería su relación con Sindo Garay y con sus hijos, Guarionex, Hatuey y Guarina, todos relacionados la creación musical, principalmente de la trova tradicional.

A Corona le tocó vivir una época en que el firmamento musical cubano estaba cuajado de estrellas como Ernesto Lecuona, Jorge Anckermann, Gonzalo Roig, Luis Casas Romero, Eduardo Sánchez de Fuentes, Miguel Matamoros, Moisés Simons y Eliseo Grenet, por solo citar los más conocidos.

La mujer fue tema recurrente en la obra del trovador. Su repertorio da fe de ello con títulos que llevan nombres de mujeres como Adriana y Graciella, además de las que ya mencionamos al principio de este artículo, aunque también cantó al amor, al desengaño, a la guitarra y a temas de la cotidianidad como los que aparecen en las guarachas Acelera y El servicio obligatorio.

Además de la canción trovadoresca cultivó el bolero, la criolla, el punto cubano y la romanza. Su música se utilizó en la película mexicana La bien pagada.

Se le considera el autor que más contestaciones musicales hizo a sus contemporáneos, que no fueron sino muestras de la admiración y la cordial rivalidad existente entre los autores de aquella época y práctica frecuente entre ellos.

Corona no lucró con sus canciones; bohemio impenitente, noctámbulo y rebelde, rechazó cualquier encargo que representara ataduras a su libre expresión musical o que restringiera su modo de vida.

Fue de esos artistas que abusan de su cuerpo y su economía para poder llevar la vida que mejor se ajusta a sus deseos y personalidad y por tanto tuvo también un final parecido al de otros que llegan a alcanzar la perfección en lo que hacen y terminan, sin embargo, olvidados y en la más cruda de las miserias. Así lo sorprendió la Parca el 9 de enero de 1950 en una pobre habitación al fondo de un bar de la barriada de Marianao.

Sus canciones, por su exquisita factura, le sobrevivieron y aún permanecen, como legado imborrable a la cultura cubana, en la preferencia de quienes aman la buena música. Con esta reseña queremos también contribuir modestamente a que la impronta de Manuel Corona perdure para siempre.

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