Pablo Neruda, uno de los grandes poetas de todos los tiempos

Pablo Neruda. Foto: Internet

Pablo Neruda. Foto: Internet

Creo que no exista persona de habla hispana que no conozca al menos un par de versos de Pablo Neruda, este chileno universal que fue viajero incansable, hombre de abrumadora personalidad y grandes amores y que se paseó por los más insospechados parajes del mundo, unas veces como diplomático, otras como poeta, pero siempre, con una verticalidad de principios que empleó también para salvar la vida de cientos de españoles que, tras la derrota de los republicanos, viajaron a Suramérica en el vapor Winnipeg.

Pero hoy no hablaré del Neruda diplomático, tampoco del comunista, ni del político de profundo altruismo que renunció a la candidatura de su partido para la presidencia de Chile en favor de un amigo, el doctor Salvador Allende, una historia hermosísima que otro día recordaremos.

Mi homenaje hoy es para el poeta que nos regaló, cuando apenas tenía 20 años, aquellos 20 poemas de amor y una canción desesperada.

Con ellos, Neruda se consagró definitivamente, aunque seguía escribiendo de forma infatigable y sus libros, unos tras otros convertidos en bestseller iban abriéndole pasos por dondequiera que iba, hasta llegar a consagrarlo como el tercer escritor latinoamericano y el segundo chileno en obtener el Premio Nobel de Literatura.

Su muerte el 23 de septiembre de 1973 apenas 12 días después del golpe de estado que derrocó al Gobierno de la Unidad Popular, fue otra herida en el corazón de Nuestra América y cuentan que sus funerales fueron un desafío abierto a la brutalidad y la barbarie que se imponían entonces en gran parte del cono suramericano.

Y a este Neruda hermosamente universal lo recordaremos, sobre todo por sus versos, esos que llenan el alma y que ahora compartimos con usted.

Me gustas cuando callas porque estás como ausente,
y me oyes desde lejos, y mi voz no te toca.
Parece que los ojos se te hubieran volado
y parece que un beso te cerrara la boca.

Como todas las cosas están llenas de mi alma
emerges de las cosas, llena del alma mía.
Mariposa de sueño, te pareces a mi alma,
y te pareces a la palabra melancolía.

Me gustas cuando callas y estás como distante.
Y estás como quejándote, mariposa en arrullo.
Y me oyes desde lejos, y mi voz no te alcanza:
déjame que me calle con el silencio tuyo.

Déjame que te hable también con tu silencio
claro como una lámpara, simple como un anillo.
Eres como la noche, callada y constelada.
Tu silencio es de estrella, tan lejano y sencillo.

Me gustas cuando callas porque estás como ausente.
Distante y dolorosa como si hubieras muerto.
Una palabra entonces, una sonrisa bastan.
Y estoy alegre, alegre de que no sea cierto.

Puedo escribir los versos más tristes esta noche.

Escribir, por ejemplo: “La noche está estrellada,
y tiritan, azules, los astros, a lo lejos”.

El viento de la noche gira en el cielo y canta.

Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Yo la quise, y a veces ella también me quiso.

En las noches como ésta la tuve entre mis brazos.
La besé tantas veces bajo el cielo infinito.

Ella me quiso, a veces yo también la quería.
Cómo no haber amado sus grandes ojos fijos.

Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Pensar que no la tengo. Sentir que la he perdido.

Oír la noche inmensa, más inmensa sin ella.
Y el verso cae al alma como al pasto el rocío.

Qué importa que mi amor no pudiera guardarla.
La noche está estrellada y ella no está conmigo.

Eso es todo. A lo lejos alguien canta. A lo lejos.
Mi alma no se contenta con haberla perdido.

Como para acercarla mi mirada la busca.
Mi corazón la busca, y ella no está conmigo.

La misma noche que hace blanquear los mismos árboles.
Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.

Ya no la quiero, es cierto, pero cuánto la quise.
Mi voz buscaba el viento para tocar su oído.

De otro. Será de otro. Como antes de mis besos.
Su voz, su cuerpo claro. Sus ojos infinitos.

Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero.
Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido.

Porque en noches como ésta la tuve entre mis brazos,
Mi alma no se contenta con haberla perdido.

Aunque éste sea el último dolor que ella me causa,
y éstos sean los últimos versos que yo le escribo.

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