
Montaje: Yelemny Estopiñán
Hablar de nuestra ciudad capital cuyos muros más antiguos datan de casi cinco siglos, es un pretexto válido para el diálogo con los lectores ahora, cuando todavía no se ha apagado el eco de las campanadas de la Catedral llamando a la misa del gallo por el aniversario 497 de la villa de San Cristóbal de La Habana.
Y es que la urbe atesora a lo largo de ese tiempo, bellezas arquitectónicas, tradiciones, historia y personajes dignos de una larga y enjundiosa parrafada. De algunos de esos personajes escribimos hoy.
Cuentan que en un vetusto edificio de la calle Águila esquina a Malecón, en el actual municipio de Centro Habana, fue donde nació aquel que pudo haber sido el primer campeón olímpico, al que la miseria arrebató la corona de laurel en las Olimpiadas celebradas en el año 1910 en San Luis, Estados Unidos.
Félix de la Caridad Carvajal y Soto se llamó aquel deportista nato, al que todos conocían como el Andarín Carvajal.
Para recaudar el dinero imprescindible para ir a San Luis tuvo que desarrollar un intenso programa de exhibiciones callejeras en La Habana, pero aun así, la cantidad colectada solo le alcanzó para los boletos de ida y vuelta, por lo que se fue a pasar hambre y sin la ropa adecuada para el desafío de los 42 kilómetros y 195 metros.
La historia refiere que a los cinco kilómetros del recorrido ya llevaba una ventaja que le hubiera podido granjear el título, mas, aguijoneado por el hambre, se apartó de la ruta para comerse unas manzanas verdes que encontró a la vera del camino, las que le provocaron serias descomposturas estomacales que le hicieron perder tiempo. Con todo y eso, arribó a la meta en cuarto lugar.
Otro personaje emblemático de la ciudad, quizás el más pintoresco, es sin dudas el Caballero de París, amable viandante de luengas barbas y cabello y capa negra, que se paraba en cualquier esquina con aires de nobleza.
Su verdadero nombre era José María López Lledín y su nacionalidad la portuguesa. Inició su peregrinar en la década del 20 del pasado siglo y su existencia plácida y mítica se extendió hasta el 11 de julio de 1985.
La causa de su desequilibrio emocional, que lo llevó a convertirse en el noble loco, es todavía un misterio, aunque la mayoría de los investigadores están de acuerdo con que la motivaron varios años de prisión que sufrió a causa de una denuncia injusta.
Gracias a su locura, su comportamiento pintoresco, su refinada educación y la magia de su comunicación, atrajo la atención y se ganó el cariño y respeto de los habitantes de esta urbe.
Lo recuerdo parado en el soportal de Lámparas Quesada, en Infanta y San Lázaro, en una clurosa tarde. Llevaba un bolso lleno de periódicos, revistas y otros papeles. Cuando mi hermano y yo pasamos, acompañados de nuestra madre, nos detuvo, sacó de su bolsa una caja de fósforos vacía y la rasgó para obsequiarnos con sendas tarjetas improvisadas en las que había escrito con firme trazo: “Viva Fidel”.
La Habana tiene también a Matías Pérez, aquel artesano fabricante de toldos que se empeñó en surcar el espacio y su afición lo llevó a convertirse en sinónimo de lo que desaparece misteriosamente y sin dejar rastro.
El rey de los toldos se elevó el 28 de junio de 1856 desde el Campo de Marte, hoy parque de La Fraternidad, en su segunda ascención a bordo del aerostato nombrado La Villa de París y nunca más se supo de él.
Su hazaña marcó la historia de Cuba para siempre a través de una frase que utilizamos muy a menudo para nombrar aquello que se pierde sin remedio: “Voló, como Matías Pérez”.
Está María Calvo Nodarse, la Macorina, encumbrada cortesana que se dio el lujo de ser la primera fémina en manejar un automóvil por las calles habaneras, con licencia de conducción y todo.
Aunque nació en Guanajay, a los 15 años se fugó con su novio para venir a vivir al mismo centro de la ciudad capital. Cuando las estrecheces de la vida la apremiaron, apartó al novio y comenzó a frecuentar a los hombres más ricos de La Habana, haciéndose pronto de una buena fortuna con la que no tuvo reparos en socorrer a sus vecinos más pobres.
Llegó a tener cuatro lujosas mansiones y varios autos, pero a partir de 1934, con 42 años de edad y una situación económica desfavorable en el país sus encantos como meretriz fueron decayendo y así fue que su vida terminó en la miseria más absoluta.
Decían que sus manos tenían virtudes curativas, de ahí el estribillo de la canción: “Pónme la mano aquí Macorina, que me duele Macorina”.
Otro personaje que dejó su impronta en La Habana fue Chacumbeles, el policía que se quitó la vida con su propio revólver y en su propio lugar de recorrido, el Parque Central.
Abrumado por la muerte de su amada mascota, la perra Lolita; la traición de la mujer que amaba y el fracaso de su carrera como acróbata de circo, no quiso seguir viviendo.
Después de una azarosa vida, que incluyó el ras de mar de Santa Cruz del Sur, este hombre, cuyo verdadero nombre era José Ramón Chacón Vélez, descubrió su pasión por el arte circense y logró enrolarse en la famosa carpa de Santos y Artigas donde llegó a adueñarse del número de la cuerda floja.
Un día, desde esa altura pudo observar como su amante se besaba apasionadamente con otro artista. Eso hizo desconcentrarse, perder el equilibrio y caer, causándose serias lesiones que lo tuvieron al borde de la muerte y lo inhabilitaron para seguir trabajando en el circo, lo que lo llevó a la desesperación.
De él nos quedó una frase para designar a aquellos que se buscan problemas por sus propios errores: “Le pasó como a Chacumbeles, él mismito se mató”.
Personajes como éstos quizás haya muchos más en esta populosa urbe. Algunos que quizás conozca el acucioso lector y que a este gacetillero se le hayan escapado. Los que aparecen en esta reseña solo son un válido pretexto para festejar, desde esta página cuando aún resuenan las campanadas de la Catedral llamando a misa por el aniversario 497 de nuestra vetusta, bella, amada y hasta a veces mal tratada ciudad capital.
En otro momento, quizás traigamos a colación algún otro personaje histórico, ilustre, simpático o simplemente curioso de esos que han andado y andan por sus calles.
