
Casa de la familia Loynaz en la calle Línea, esquina 14. Foto: Internet.
Últimos días de una casa es el título de una de las obras más connotadas de la poetisa y narradora cubana Dulce María Loynaz Muñoz (1902-1997), galardonada en 1992 con el Premio Cervantes, segunda mujer en adquirir ese reconocimiento después de María Zambrano.
La casa a la que hace referencia protagonizó una de las elegías más famosas en las letras del siglo XX cubano. Desde 1904 la familia Loynaz se mudó a esa residencia, situada en la intercesión de la avenida Línea y la calle 14, en el Vedado habanero.
Con una estructura de versos largos y escrito por etapas, el poema utiliza el recurso de la personificación para otorgar protagonismo a una vieja edificación, donde las historias y vidas de los que residieron allí quedaron a la sombra del pasado, dejando espacio solo para el polvo pertinaz y un vacío inmenso.
En el texto se manifiesta un tono coloquial, más acentuado que en obras anteriores de su poemario, y resulta interesante la interpretación de la casa como símbolo personal de la autora. Los versos trasmiten la sensación de que el aislamiento es involuntario, provocado por el apartamiento de las demás personas, mientras ella no había depuesto su calidez interior:
“Soy una casa vieja, lo comprendo.
Poco a poco -sumida en estupor-
he visto desaparecer
a casi todas mis hermanas,
y en su lugar alzarse a las intrusas,
poderosos los flancos,
alta y desafiadora la cerviz”.
La casa, los objetos en su interior y el velo de polvo que le invade constituyen espirales que activan la memoria de la autora y a través de los cuales desfilan imágenes de la historia familiar, reconstruyendo un tiempo que no es ya lineal.
“No me han faltado, claro está, días en blanco.
Sí, días sin palabras que decir
En que hasta el leve roce de una hoja
Pudo sonar mil veces aumentado
Con una resonancia de tambores.
Pero el silencio era distinto entonces:
Era un silencio con sabor humano”.
“Quiero decir que provenía de “ellos”,
Los que dentro de mí partían el pan;
De ellos o de algo suyo, como la propia ausencia,
Una ausencia cargada de regresos,
Porque pese a sus pies, yendo y viniendo,
Yo los sentía siempre
Unidos a mí por alguna
Cuerda invisible,
Íntimamente maternal, nutricia”.
Los últimos años de su vida, la Loynaz vivió en una casona ubicada en calle 19, esquina E, que en la actualidad es el Centro Cultural Dulce María Loynaz, espacio cultural que regala al público el retrato de una mujer cuya obra trasciende la Isla.
No obstante, el poema “Últimos días de una casa” está dedicado a su anterior hogar, en el que atesoró tantas vivencias convertidas en verso.
