
Roberto Fernández Retamar. (Foto: Facebook)
Ha fallecido este sábado 20 de julio el poeta cubano Roberto Fernández Retamar, Premio Nacional de Literatura (1989), Presidente de Casa de las Américas, miembro de la Academia Cubana de la Lengua y miembro correspondiente de la Real Academia Española. También fue el primer intelectual cubano en recibir el Premio Internacional José Martí de la Unesco.
Tras conocerse aquel día la agradable noticia, el presidente cubano Miguel Díaz-Canel Bermúdez escribió en su cuenta de Twitter: “Cuba orgullosa del premio que honra a Martí al honrar al gran poeta, el Retamar de Felices los normales, con sus versos inolvidables, pidiendo paso para los que hacen los mundos y los sueños, las ilusiones, las sinfonías, las palabras que nos desbaratan Y nos construyen”.
Es que Retamar es sin lugar a dudas uno de los nombres imprescindibles en la Literatura Cubana, autor de obras emblemáticas como Calibán y Felices los mortales, y un incansable promotor cultural además de ser un estudioso permanente de la obra de José Martí.
Nacido en La Habana, en la barriada de La Víbora el 9 de junio de 1930, el insigne poeta recién había cumplido 89 años de edad.
De él dijo también José Lezama Lima, “… está considerado uno de los poetas más trascendentes de su generación, bol universal del conocimiento. Se esboza en él una alegría que marcha acompañada del destino opulento del cubano, del cubano mejor, que es universalmente sencillo.”
Graduado de Filosofía y Letras por la Universidad de La Habana, Roberto Fernández Retamar continuó estudios en prestigiosas universidades europeas como La Sorbona de París y la Universidad de Londres.
En el primer Congreso Nacional de Escritores y Artistas de Cuba (1961) fue elegido secretario coordinador de la UNEAC y entre los años 1998 y 2013 fue diputado a la Asamblea Nacional del Poder Popular y miembro del Consejo de Estado de la República de Cuba.
Doctor en Ciencias Filológicas e investigador titular, profesor honorario (1986) de la Universidad de San Marcos (Lima) y Doctor Honoris Causa de las Universidades de Sofía (1989), Buenos Aires (1993) y Universidad Central de Las Villas (2011).
Otros premios y reconocimientos:
Premio Nacional de Poesía (1952)
Orden Félix Varela de Primer Grado (1981)
Medalla Alejo Carpentier (1994)
Orden Juan Marinello (1996)
Premio de la Crítica Literaria por Aquí (1996)
Premio Nacional de Investigación Cultural (2007)
Premio de la Latinidad (2007)
Premio ALBA de las Letras (2008)
Medalla Centenario de José Lezama Lima (2010)
Premio Nacional de Ciencias Sociales (2012)
Condición de Miembro de Honor de la Sociedad de Escritores de Chile (1972) y el Premio Felipe Herrera Lane (1999), en Chile.
Premio Latinoamericano de Poesía Rubén Darío (1980), en Nicaragua.
Premio Internacional de Poesía Nikola Vaptsarov (1989), en Bulgaria.
Premio Internacional de Poesía Pérez Bonalde, en Venezuela (1994).
Premio Alba de las Letras (2009), en Venezuela.
Grado de Oficial de la Orden de las Artes y las Letras (1994), en Francia.
Premio Feronia (2000) y el Premio Nicolás Guillén (2001), en Italia.
Condición de Puterbaugh Fellow (2002), en los Estados Unidos.
Premio Juchimán de Plata (2004).
Hoy queremos recordar al poeta y al amigo compartiendo algunos de sus poemas más significativos.
El primero de enero de 1959, tras conocer que había triunfado la Revolución Cubana, el poeta escribía.
El otro
Nosotros, los sobrevivientes,
¿A quiénes debemos la sobrevida?
¿Quién se murió por mí en la ergástula,
Quién recibió la bala mía,
La para mí, en su corazón?
¿Sobre qué muerto estoy yo vivo,
Sus huesos quedando en los míos,
Los ojos que le arrancaron, viendo
Por la mirada de mi cara,
Y la mano que no es su mano,
Que no es ya tampoco la mía,
Escribiendo palabras rotas
Donde él no está, en la sobrevida?
Y de aquellos años iniciales de milicias y movilizaciones permanentes dejó testimonio con estos versos…
Con las mismas manos de acariciarte estoy construyendo una escuela…
Con las mismas manos de acariciarte estoy construyendo una escuela.
Llegué casi al amanecer, con las que pensé que serían ropas de trabajo,
Pero los hombres y los muchachos que, en sus harapos esperaban
Todavía me dijeron señor.
Están en un caserón a medio derruir,
Con unos cuantos catres y palos: allí pasan las noches
Ahora, en vez de dormir bajo los puentes o en los portales.
Uno sabe leer, y lo mandaron a buscar cuando
supieron que yo tenía biblioteca.
(Es alto, luminoso, y usa una barbita en el insolente rostro mulato.)
Pasé por el que será el comedor escolar, hoy sólo señalado por una zapata
Sobre la cual mi amigo traza con su dedo en el aire ventanales y puertas.
Atrás estaban las piedras, y un grupo de muchachos
Las trasladaban en veloces carretillas. Yo pedí una
Y me eché a aprender el trabajo elemental de los hombres elementales.
Luego tuve mi primera pala y tomé el agua silvestre de los trabajadores,
Y, fatigado, pensé en ti, en aquella vez
Que estuviste recogiendo una cosecha hasta que la vista se te nublaba
Como ahora a mí,
¡Qué lejos estábamos de las cosas verdaderas,
Amor, qué lejos -como uno de otro!
La conversación y el almuerzo
Fueron merecidos, y la amistad del pastor
Hasta hubo una pareja de enamorados
Que se ruborizaban cuando los señalábamos, riendo,
Fumando, después del café.
No hay momento
En que no piense en ti.
Hoy quizás más,
Y mientras ayude a construir esta escuela
Con las mismas manos de acariciarte.
