Carilda Oliver Labra siempre será la luz de la poesía matancera y cubana; y eso, ni ella misma podrá evitarlo, ni a sus 96 años, en que se va físicamente para dejarnos, no sólo su inmensa poética, sino también un ejemplo imperecedero de amor a la vida, la patria y la humanidad.
No hay que llorarla. Siento en lo profundo que ella no lo hubiese deseado. Fue una mujer tan vital; siempre fogosa en el extremo sentido de la palabra, llena de alegría, con esa sonrisa que iluminaba sus atractivos ojos azules, que no, no lo creo.
Imagino que le hubiese encantado una buena cantata y la lectura de sus poemas y que sus amigos y amigas cuenten historias picantes –inventadas o no– sobre su vida, esas que ella misma narraba con una sonrisa pícara o esa carcajada agradable y dulce.
Y obviamente ¿cómo a la Novia de Matanzas le iba a ser indiferente que su pueblo le regale flores en este día, cuando saben que verla era un suceso y escucharla en sus poemas un privilegio envidiado por muchos cubanos y cubanas y que ya no será?
Le encantaban las flores, los pájaros, los gatos, el mar y la brisa. Le gustaba la vida. Alguien así no quiere lágrimas.
El escritor Miguel Barnet, en el prólogo al libro de la poetisa, Al Sur de mi Garganta, observa: “La poesía de Carilda nació marcada por el signo del desafuero y la iconoclastia. Fue una explosión que hizo pedazos los intentos feministas anteriores a la edulcorada y romántica poesía de fines del siglo XIX… Carilda irrumpió con audacia y desenfado con poemas que aludían a su vida amorosa, a sus apetitos eróticos y su profundo y descarnado realismo, preñado de un humanismo conmovedor y pletórico… Ninguna palabra me puede acompañar porque ella es lo inasible, la ciega que se mira en sus espejos. La que escapa por el resquicio enigmático de sus propios versos. La que sin máscaras es todas las máscaras y en el retrato parece simplemente una mujer”.
Esa es Carilda Oliver Labra. Alguien que no se puso reparos para escribir un poema trasgresor, erótico y violentamente amoroso como: “Me desordeno, amor, me desordeno / cuando voy en tu boca, demorada; / y casi sin por qué, casi por nada, / te toco con la punta de mi seno”.
Tuvo, asimismo, la osadía de los versos del poema Anoche: “Anoche me acosté con un hombre y su sombra / Las constelaciones nada saben del caso / Sus besos eran balas que yo enseñé a volar / Hubo un paro cardíaco”.
Pero ella fue algo más allá de su poesía romántica o erótica. Su Canto a Matanzas expresa ese sentimiento inmenso por la tierra que le vio nacer; “Matanzas: bendigo aquí / tus malecones mojados / los árboles desterrados / del Paseo de Martí y el eco en el Yumurí. / Y van mis lágrimas, van / como perlas con imán / o como espejos cobardes / a vaciar todas las tardes / sus aguas en el San Juan”. Y están, su Canto a Fidel y otros Cantos, Elegías…
Su obra fue profusa y variada y su cubanía también.
Existe en La Habana Vieja una tarja que define con antelación este su último momento de vida física en que se quiere quedar entre nosotros. El poema se titula La Tierra y dice: “Cuando vino mi abuela / trajo un poco de tierra española. / Cuando se fue mi madre / llevó un poco de tierra cubana. / Yo no guardaré conmigo / ningún poco de Patria: / la quiero toda / sobre mi tumba”.
Y por eso no creo que a alguien con estas definiciones y valentías en su vida haya que llorarla. Carilda se queda. Carilda es Cuba, la mujer matancera y cubana, épica de su tiempo; esa a la que ni la muerte puede vencer.
Por su malecón mojado, por las laderas del Yumurí, en su valle esplendoroso, a la vera de un puente, viendo las barcazas pasar, paseará Carilda la inolvidable, su alma enamorada, a veces desconsolada, a veces burlona, siempre enamorada… andará desafiante y humilde con su cabellera esplendorosa, en el corazón de quienes la conocieron, amaron, respetaron y leyeron.


