Béisbol nuestro de cada día

En Cuba se sigue jugando béisbol.

En Cuba se sigue jugando béisbol.

No puedo dejar que pase este día sin hacer mención a aquello que vi mientras regresaba de la provincia más occidental de Cuba el pasado domingo. Durante buena parte del camino en el que transite por lugares del casco urbano tanto de la hermosa ciudad de Pinar del Río como desde que entré en la capital, pude observar gente jugando pelota.

Eran de todas las edades: niños, jóvenes y no tan jóvenes, unidos en una batalla común; la de ganarle al oponente que tenían enfrente. Y me llamó la atención porque hace apenas uno o dos años atrás, esto no se veía normalmente. Parecía que el gusto por el béisbol hubiese desaparecido.

Cierto es que el fútbol ha venido ganando adeptos y que nuestro deporte nacional no transita, desde hace rato, por sus mejores momentos. También verdad es que las nuevas reglas y estructura de la serie disgustaron a otros y la escasez de resultados internacionales se hizo sentir en el entusiasmo del patio. Pero ese domingo, la gente jugaba pelota.

¿Por qué entonces? Valía la pena esa pregunta. No ha cambiado demasiado la estructura ni la reglamentación de un año a otro, hasta han prohibido las congas. Los estadios, de puro milagro, no son cementerios animados solamente por el clamor de algún ponche o batazo.

Yo sé la respuesta. Sea como sea, pase lo que pase, la pelota es la religión de todo cubano. Y cuando la provincia va bien, o el equipo Cuba va bien, todo es color de rosas. Debe ser por eso que fui testigo de semejante actividad en mi trayecto Pinar-Habana.

¿Quiere decir esto que en otros lugares no se juega porque el equipo no marcha bien? Honestamente aquí en la capital eso sucedió en la ocasión que los Azules, bajo la dirección de Germán Mesa, no clasificaron a la post- temporada. Pero en otras provincias eso no pasa: la gente sigue jugando con pasión, y los chicos aún creen en ser como Yasmani Tomás, Donald Duarte, Héctor Olivera o Freddy Asiel Álvarez.

La pelota es y será siempre nuestro deporte nacional, y no importa lo que pase, seguirá siempre siendo el único vehículo capaz de aunar las más disímiles voluntades en torno a una sola cosa: disfrutar de un grato momento. Y mejor dejo de escribir, que me estoy perdiendo el juego.

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