
Teófilo Stevenson. Foto: Cubadebate
Nadie osa negar el peso de Alcides Sagarra como creador de la Escuela Cubana de Boxeo. De púgil y entrenador modesto antes del triunfo del pueblo, todo un doctor, amén de ser el forjador principal del buque insignia del deporte en la mayor de las Antillas.
Junto a él, un buen grupo de instructores, sitio especial para Sarbelio Fuentes, quien fue as de los Guantes de Oro y más gloria obtuvo con sus pupilos. Y no podemos dejar fuera a un comisionado que supo maniobrar en aguas intranquilas: Waldo Santiago.
Pero nunca hemos olvidado el apoyo del campo socialista, con la Unión de Repúblicas Socialistas Soviética al frente. El ámbito atlético no fue excepción. Y en el pugilismo…, miren, mejor, acompáñenme en los siguientes párrafos.
Derecha, izquierda; baila, noquea…Todos sucumben ante la calidad del más de 81 kilogramos Teófilo Stevenson. El nacido en Las Tunas, una de las provincias en la que se multiplicó Oriente, al vencer en Moscú 1980 conquistó por tercera vez la corona olímpica e igualó la hazaña del húngaro László Papp. También le quitará otra clasificación porque será considerado el mejor púgil amateur.
La calidad no le cayó del cielo ni llegó de la noche a la mañana. Batalló duro. Sobre todo contra los escépticos. Siempre andan agazapado, asomando desde su cajita gris. Su gran salto se inició en mayo de 1969 cuando arribó a Cuba el entrenador soviético Andrei Chervonenko, con el objetivo de laborar con los más destacados púgiles.
Algunos no tenían fe en el gigante oriental. Según Andrei Chervonenko: “Vi a Stevenson por casualidad durante un viaje por el país. Recuerdo que me dejaron estupefacto sus condiciones físicas, su manera cauta de pelear y su técnica… pésima. Propuse incluirlo entonces en la selección. Algunos se opusieron. Es demasiado tímido; no creo que dé, opinaban. Tuve necesidad de explicarles que la precaución no tiene nada que ver con la cobardía”.
Chervonenko ganó la discusión. Recuerda que “Stevenson entrenaba con mucho ardor: hacíamos hincapié para dotarle de buen punch con directos de izquierda y derecha, le mejorábamos la defensa. Avanzaba…”.
Triunfo tras triunfo. La promesa va cristalizando. Y en Múnich: “Considerábamos como rival más peligroso al norteamericano Duane Bobick. Recuerdo que estaba preocupado en la víspera del combate. Teófilo entró en mi habitación, me miró y dijo: Tranquilízate, vamos a comer. La preocupación me había hecho perder el apetito. Teófilo, sin embargo, comió bien y se fue a descansar”.
El instructor goza contando el encuentro con la esperanza del Norte: “La pelea con Bobick la empezó seguro. En el segundo asalto, en cambio, permitió al norteamericano pelear de cerca. En el descanso le dije: estás peleando como el peor pugilista del mundo. Si quieres ganar, mantenle la distancia. Unos cuantos directos y vencerás.
“Stevenson lo entendió. El ojo izquierdo de Bobick quedó cerrado; el contrincante del cubano no veía bien tampoco del ojo derecho. Cedió y, en ese momento, lo alcanzó un terrible derechazo. Se desplomó como si le hubieran dado un palazo en las piernas. A la tercera caída, el árbitro detuvo las hostilidades. Poco camino le quedaba a Stevenson para llegar al título”.
Andrei regresó a su patria poco tiempo después para laborar con los valores de la disciplina de los jabs. Ahora está jubilado sin dejar de ser un hombre del boxeo.
En la lid de la ciudad alemana, la escuela cubana de la disciplina enseñó parte de su rostro; mostraría muchísimo más. Para Chervonenko, jamás habrá olvido: está presente en triunfos como el alcanzado en los XXXI Juegos.
