
Yarisley Silva. Foto: Internet.
En este texto dedicaré varios párrafos a reflexionar sobre cierta atmósfera injusta relacionada con los reveses de nuestros deportistas, que suele aparecer, sobre todo, cuando se esperaba un mejor resultado.
Algunos hablan superficialmente en las esquinas, otros analizan las actuaciones públicamente sin profundizar en el tema, blandiendo criterios superfluos, aunque no pocos surgen del apasionamiento.
¿Cómo utilizar el titular Hundidos en la piscina sin tener en cuenta diversos factores, externos e internos, materiales y psíquicos, que intervienen en los resultados? Hay que revelarlos, sobre todo porque están relacionados, en lo fundamental, con quienes no se lanzan al agua.
Voy más atrás. La pertiguista Yarisley Silva, por ejemplo, no se hizo sentir en Río de Janeiro 2016, por el accidente grave sufrido por su pareja, el saltador de altura Sergio Mestre. Ella regresó de Europa sin concluir la gira preparatoria para estar a su lado y yo la aplaudo, porque es más humana que campeona, como debe ser.
La consiguiente falta de adiestramiento, junto a la preocupación y ocupación por el accidentado, le pasaron factura en la Ciudad Maravillosa. Sin embargo, pugnó allí, toda dignidad y coraje, aunque golpeada por la tristeza.
Idalis Ortiz, invencible a partir de su conquista en Londres 2012, fue segunda en el tatami brasileño. Cayó con el kimono bien puesto, luego de doblegar a rivales más difíciles. Pero su rival se creció y la sorprendió en la final.
Así es el deporte, así es la vida. Hay quien no lo entiende y fustiga con pésima puntería. El pensamiento y el accionar de Fidel Castro respecto con los reveses son esclarecedores. Ante todo, nos enseña a convertir las derrotas en victorias en cualquier trinchera de la existencia.
La cultura física no resulta excepción, y por ello, expresó: “A nuestros atletas no solo hay que aplaudirlos cuando vienen con medallas de oro; hay que recibirlos con afecto de hermano, hay que recibirlos como cuando obtienen una victoria” (28 de septiembre del 2000)”.
Lo dicho lo convierte en hechos. Emilio Correa fue eliminado por el venezolano Pedro Gamarro en la pelea de octavos de final de los 67 kilogramos en los Juegos Olímpicos de Montreal 1976. El Comandante en Jefe, al recibir a la delegación, indaga por él. Le dicen que como Emilio había perdido lo mandaron para Cuba antes de la clausura de los cita. Alecciona: “A quien ha dado tanta gloria a la patria no se puede tratar de esa manera”, dijo.
Alfredo Duvergel aventajaba a su oponente en el último capítulo de la final de los 71 kilos en Atlanta 1996. No frena su ímpetu, intercambia y el estadounidense David Reid lo adivina y pone a dormir a 36 segundos del campanazo conclusivo. Cuando retornó la delegación, Fidel reconforta al vicetitular con frases que ponderan la vergüenza del joven: “Caíste peleando, sin dar un paso atrás (…)”. Algunos lo habían vituperado o le dieron la espalda, pensando más en el oro que en el ser humano.
Continuará…
