
Foto: Archivo Radio COCO
“Pienso que nadie puede expresarse ni ser honesto
consigo mismo si no mira hacia atrás,
si no sabe quién es, de dónde viene”.
Nancy Morejón
Al deporte le pasaba en Cuba como a muchas ramas del vivir. Y no podía ser de otra forma. Digamos, el arte cinematográfico. Se hizo cine acá antes de 1959. Muchas veces en coproducción. Negar ese quehacer aunque mellado es caer en lo antihistórico.
Y esa ceguera es antihumana porque mucho daña a la ciudadanía; a los más jóvenes en especial. Sí, era un cine lejos de lo que debía ser, solo posible cuando las masas se zafaran de sus ataduras y, a su vez, liberaran sus realizaciones en cualquier sector.
Hubo filmes balbuceantes, más ligados al cubaneo que a la cubanía, sin elevados valores éticos y estéticos casi siempre, pero mostraron posibilidades que de desarrollarse serían árbol, bosque, frutos…
Solo vendría el gran salto a un movimiento cinematográfico cuando el pueblo conquistara el poder. No transitaría ni transita por una vía llena de rosas; mas es la nuestra, y se harán los cambios necesarios para que, cine y vía, sean más hermosos.
Gran semejanza con la Cultura Física. Incluso, existieron campeones sin un verdadero movimiento deportivo. No podemos soslayar la presencia de titulares y practicantes, de profesores de Educación Física, entrenadores, científicos, fustigados por limitaciones terribles.
Injusto igualmente sería olvidar las actuaciones olímpicas de Ramón Fonst, Manuel Dionisio Díaz, Félix “Andarín” Carvajal, Carlos de Cárdenas, padre e hijo, y Manuel Sanguily. Son los cubanos de mayor relieve en el certamen trascendental antes del 59. Y los combates de Río esperan ahora por sus más nuevos continuadores.
La lista de aquellos ases es enorme, y prometo profundizar sobre ella en próximas ediciones para no atarme a la mención. Por ejemplo, páginas doradas escribieron con sus músculos Kid Chocolate y Kid Gavilán entre las cuerdas; no fueron los únicos.
Rafael Fortún, Ángel García y Alejandrina Herrera sobresalieron en el atletismo; las filas son abundantes. Adolfo Luque, Martín Dihigo, Orestes Miñoso, Camilo Pascual, Conrado Marrero… iluminaron los estadios; miles trajeron luz también.
Vaya, estos peloteros me impulsan a enfatizar en la lid de los ponches y los jonrones durante aquellas etapas: a pesar de vibrar en el corazón de la patria, no escapaba de los latigazos. Especialidad que no debió ser excluida del olimpismo donde mandan demasiado la comercialización y la espectacularidad desmedidas. Como he dicho en varias oportunidades: algún día expulsaremos a los mercaderes del templo.
Antes del triunfo, aun sin llegar a la República traumatizada, actuaron peloteros brillantes; esplendor superior en los que prefirieron cambiar la gloria de los hits y los engarces por la epopeya mambisa: Carlos Maciá, Ricardo Cabaleiro, Emilio Sabourín, Juan Manuel Pastoriza, Alfredo Arango, los hermanos Amieva…
Sin embargo, los sueños de nuestros libertadores fueron destrozados por los gringos y los títeres de los neocolonialistas. El béisbol amateur de la mayor de las Antillas sufrió las garras de la discriminación racial, que no soltó la presa plenamente hasta que el socialismo se hizo realidad aquí.
Desde los progenitores del juego venía el racismo: ¡cuántas escupidas, golpes, insultos debió aguantar Jackie Robinson, a lo Tío Tom de la novela estadounidense, para que negros y mestizos entraran en la gran carpa! Martín Dihigo, José de la Caridad Méndez, Alejandro Oms, Silvio García, Alejandro Crespo y muchísimos compatriotas no pudieron llegar a las Grandes Ligas por el color de su piel.
Después de abierta la puerta, los no blancos que entraron, y aun los blancos si eran latinos, sintieron no pocas veces las heridas de esta imbecilidad jamás cerrada del todo. Quede claro: la causa de la entrada de esa raza preterida se debió a la calidad de sus atletas que humedecía las fauces y preparaba las zarpas de los negociantes.
Más allá de las bolas y los strikes, en los II Juegos Centroamericanos -todavía no se les agregaba y del Caribe como era preciso-, el racismo hizo estragos y ni siquiera los competidores negros y mestizos extranjeros se salvaron de sus cachetadas.
Los juegos fueron acogidos por La Habana en 1930 y el machadato* lo usó cual droga para ocultar su barbarie. Pablo de la Torriente Brau lanzó una fuerte ofensiva contra las injusticias, la politiquería y las falacias que lesionaron la justa: la fiera discriminadora no quedó fuera de su ataque.
En un ambiente así, el deporte era dominado por los clubes exclusivistas con lemas y denominaciones a lo yanqui y el alma más yanqui todavía. El deporte universitario era mucho más democrático. Julio Antonio Mella y sus Manicatos pesaron y lucharon por ello, iban por más, y tuvieron seguidores.
No obstante, los postergados constituían minoría en el estudiantado de este nivel lógicamente; agregue que la mayoría de los pocos “privilegiados” buscaba los frijoles en algún empleo y no tenía tiempo suficiente para el ocio y una práctica seria. Batallaba, ante todo, por la sobrevivencia.
Aun así vale la pena consignar que los primeros equipos formados en la Universidad de La Habana, tanto en su primera instalación o la actual, fueron los de pelota, y que ya en el período colonial los integraron atletas de la talla de Carlos Maciá, Wenceslao Gálvez y Juan Antiga; éste, como ha señalado quien ha ahondado con mayor rigor estas fases, el doctor Carlos Reig, era un “(…) estudiante de Medicina que con las gratificaciones que le entrega Emilio Sabourín, por jugar en el Habana Base Ball Club, le permite sostener económicamente a su madre, seis hermanos y costearse una parte de sus estudios (…)”1.
* Machadato: Se le dice así al período en que gobernó en Cuba Gerardo Machado.
Cita bibliográfica:
Memorias del deporte universitario: sus inicios. Editorial Unicornio, 2009, que cita a Juan Antigas en Los precursores del Sport en Cuba. Escritos Políticos y Sociales, Talleres Espasa-Calpe. S.A., Madrid, 1931.

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