Esta aventura sabrosa de ir hacia nuestras raíces deportivas (II)

José de la Caridad Méndez. Picture: Internet

José de la Caridad Méndez. Picture: Internet

Ese raro amateurismo vivía y crecía. Ni siquiera andaban incólumes las lizas estudiantiles. Cuando yo era juvenil, Fujón, receptor y tercer bate del equipo de las Escuelas Pías de San Rafael y Manrique, en el actual municipio de Centro Habana, me envió lejos de mis ensueños tras la careta: al jardín derecho y la inicial si acaso.

El único negro del team y de los pocos en el centro porque era el mejor pelotero; gratis estudiaba allí porque las actuaciones en la liga de los colegios privados salían en el periódico y significaban una buena propaganda. En las otras sedes se repetía la acción.

En un nivel más alto de las justas de aficionados, por representar a su empresa se les otorgaba un buen puesto y, sin laborar, recibían el sueldo estipulado o se les pagaba por diferentes rutas. La dicha en el bolsillo y en el ánimo no era conquista fácil ni de todos.

Por la calidad alcanzada, se consiguieron éxitos en escenarios meritorios. Muy conocidos los de los mundiales del amateurismo. Gloria sin que a los gloriosos se les viera enseguida la afrodescendencia; aquí, y es una linda suerte, el que no tiene de dinga tiene de mandinga y si no, de carabalí…

La discriminación enseñaba el feo rostro en cuanto podía. Y nuestra pelota de aficionados se perdía la cubanía de muchos de los hijos de una raza y un mestizaje que tanto habían dado a la patria en la manigua redentora y en los trabajos más arduos, menos renumerados e imprescindibles para la economía. El sufrimiento, horrible desde aquellas cacerías salvajes y la esclavitud, no terminaba.

En los Juegos Centroamericanos, oro beisbolero en 1926, 1930, 1935, 1938,1950, 1954; terceros en 1946. Negros y mulatos comenzaron a integrar las selecciones sin que agradara a los señorones y se fuera completamente justo; recordemos el viejo dicho: no son todos los que están ni están todos los que son….

En Panamericanos, victoriosos en 1951. Sobraban quienes se despedían de los no pagados, especialmente los que veían en el deporte, la pelota y el boxeo un sitio preponderante, la salida de la miseria y no solo del bolsillo: para escapar de ser individuos de última línea, de la mediocridad, el olvido, el anonimato, la enajenación más terrible. La música, abrigo también. No siempre arribaron al horizonte deseado y finalizaron hermanados con la dicha.

Duelen bofetadas aún. Las pretensiones de batirse en el torneo de la Unión Amateur de un conjunto de Regla, integrado por negros, blancos y la mitad concluyeron en un no escandaloso. Tampoco tuvo cabida la representación matancera del Club Juan Gualberto Gómez. Para los excluidos quedaban diversos torneos más populares de gran valía, como la Liga de Pedro Betancourt o la de Quivicán, y hasta la pelota en la manigua. De esos combates surgían luminarias; para mí, de las mejores.

Sin embargo, en la Liga Profesional de Invierno y en las de Estados Unidos, incluidas las Mayores después de la apertura, refulgieron en todas las épocas muchos cubanos, entre ellos, bastantes negros y mestizos. Anterior a la apertura de los portones, en varias ocasiones mordieron la derrota potentes escuadras norteamericanas de las Mayores frente a seleccionados nuestros.

José de la Caridad Méndez los mareó desde el box. El bandido racista Ty Cob- como ser humano no le llegaba al talón de su calidad atlética-, rabió al salir vencido y ponchado y aún más, al ser out en home a manos del receptor Strike González, durante la labor de su combinado en La Habana. Ni Babe Ruth salió airoso de su visita. Juan Decal pintó de bobos a un seleccionado de las Grandes Ligas muchos años más tarde.

Solo después del triunfo revolucionario del primero de enero de 1959 pudo estructurarse un movimiento de cultura física real en la tierra de José Martí. Ante todo, se rompió el muro que separaba a las masas de la actividad y se le brindó a esta su rol esencial: forjar a un ser humano superior en cuerpo y espíritu, basamento de la interacción con el alto rendimiento: medallas, récords, trofeos, actúan sobre la base, aumentan el amor patrio, la autoestima.

La identidad nacional sin negar lo bueno universal, mas son el subproducto, y la primordial masividad alimenta en primario las posibilidades cualitativas junto con la utilización correcta de la ciencia. La disciplina de las bolas y los strikes no quedó fuera de las evoluciones.

Con la Dirección General de Deportes, el capitán Felipe Guerra Matos al frente (1959), por fin nació un verdadero campeonato nacional beisbolero, convocado el 18 de enero de 1960: participaron 240 equipos formados por cinco mil 85 peloteros, con final de dicha obrera cuando los Mulos de Nicaro vencieron a los muchachos de la Universidad de La Habana en el choque decisivo y obtuvieron el trofeo Sierra Maestra el 18 de octubre de ese año.

Vendrían las Series Nacionales y una gran refulgencia internacional, en un camino con más alegrías que reveses hasta la pelota actual que tiene que tener en cuenta los planteamientos de Fidel Castro en sus conceptos sobre la Revolución: poseer sentido del momento histórico, adaptarse a la etapa actual y adaptarla a nuestros principios lejos del dogmatismo, con creatividad, honradez y los ideales humanistas en la cima.

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