
El Liverpool vivió otra noche mágica en Anfield Road, al golear 4-0 al Barcelona. Foto: Marca.com
Ya el Borussia Dortmund alemán lo había sufrido. Llegar Anfield, estadio del Liverpool, con ventaja, no significa mucho, y jugar contra Reds una eliminatoria a 180 minutos, no es tarea fácil.
El milagro del gol de cabeza de Lovren en 2016 en semifinales de Europa League se repitió esta vez, cuando las posibilidades parecían ínfimas.
A carro de Liverpool, además de los goles (cayeron 3-0 ante el Barcelona en el partido de ida en el Camp Nou), se le sumaban las ausencias de Salah, Firmino y Keita. La misión, poco probable.
Reponerse de una desventaja de tres, ante los blaugranas, cuando fuiste incapaz de hacer una diana como visitante, es un muro muy grande para escalar. Y esa era la tarea de los dirigidos por Klopp. O al menos irse con un buen sabor.
Nunca se debe subestimar el poder de Anfield Road y sus inquilinos. El estadio se repletó y el cántico You will never walk alone se escuchó más alto que nunca, dejando ver que otro 3-0 se había levantado en este siglo XXI y no había nada perdido.
También la final de Estambul, Turquía, en la Champions 2004-2005, está en la memoria de los aficionados de los Reds. Todo estaba listo para un partido épico.
De un lado, el tridente culé. Contundente en la ida, más no imparable ni dominante. Del otro, las improvisaciones del “mandamás” alemán que le dieron entrada a Shaquiri y Origi, y más tarde a Wijnaldum.
Virgil y Piqué, Henderson y Busquets, Allyson y Ter Stegen. Más allá de las necesidades de Klopp y la añoranza por sus delanteros egipcio y brasileño, todo estaba listo.
Liverpool repitió el mismo guión de la ida. Presión alta, desbordes, llegadas desde atrás, disparos de la media distancia. Y tomó, nuevamente, al Barcelona dormido, más esta vez, las pelotas entraron en la puerta rival.
Origi puso el primero para insertarle al equipo algo de respiración artificial en la primera mitad. Un gol necesario, si las aspiraciones de remontada eran serias. El contrario se retorció, y toda vez que los ingleses quitaron el pié del acelerador, se fueron arriba e inquietaron. Pero Allyson se vistió de héroe.
Al descanso, las amarillas y las lesiones aparecieron. Hubo un cambio forzado y entró Wijnaldum, de juego pálido en la ida. Ahora mismo, quizás aún esté celebrando los goles más importantes de su carrera hasta este segundo.
Entrando al 45, en 11 minutos el holandés se inventa el empate. Anota uno entrando como una tromba y fusilando a Marc André y otro de cabeza para transformar la terapia intensiva en resurrección.
La guinda del pastel la puso Origi, nuevamente, en un córner que se cobró con toda la astucia del mundo, ante la inoperancia de un Barcelona que se diluyó minuto a minuto.
Ahora se dice que Barcelona perdió por causa de Ernesto Valverde, o por Dembelé fallando el cuarto en Cataluña. No creo. Si algo hemos visto en esta semifinal hasta ahora, es que no importa quién sea el técnico.
Si los jugadores hacen el trabajo, estás salvado. Salah también falló un gol hecho que condenó más a Liverpool. Hoy no pudo estar, y los suplentes, golearon.
Felicidades, Klopp. Estás instalado con un tremendo equipo en la final del fútbol europeo, otra vez.
España deberá ver cómo, en el estadio Wanda Metropolitano de Madrid, se corona un club de otra nación.
