
Ron Clarke (primero de adelante hacia atrás), impuso más de una decena de récords mundiales. Foto: Internet.
A sudor, a temores, ¿qué sé yo?, viene destrozándose por un galardón máximo. ¡Corra, Ron Clarke, corra, cará…! Faltan pocos minutos para el adiós a los 10 mil metros lisos de México 1968.
Los recuerdos asaltan. En 1956, en los juegos de Melbourne, Clarke conduce la antorcha, como promesa de la fila estudiantil que se batirá en los mil 500.
Pocos años, muchísima calidad. Ya penetra en el estadio Cricket Ground. Chisporrotea la antorcha. Paso elegante, la vuelta a la pista. Se luce. Crecen los aplausos. Está orgulloso de haber sido seleccionado para encender el fuego en el pebetero.
Pisa el primero de los 62 escalones que lo separan del objetivo; ¡Muchacho!, ¿qué te sucede? ¡Se tambalea a mitad del camino! Bueno… se repuso. Frente al pebetero, alza la antorcha.
¡El fuego olímpico ya existe en la instalación! Palomas, discurso de apertura, el juramento. Ya vendrán las competencias. De ellas estará excluida la promesa de la sede. Los periódicos lo dirán mañana con dos textos: la información y la foto de Ron en el hospital con un brazo vendado. La llama mordió la mano y le echó por la borda las ansias.
Tratan de consolarlo. Te quedan muchos años por delante, le repiten sin convencerlo. Hay algo de cierto, pero dejemos que el tiempo continúe con su canto ininterrumpido.
Año 1960. Clarke posee buenas marcas. Lidiará en Roma 1960 en mil 500, 5 mil, 10 mil y el maratón. Entrena sin instructor ni atención estatal o privada. Su sistema de entrenamiento es superpropio: correr endiabladamente por calles, por carreteras, 200 kilómetros por semana. Y competir duro, muy duro.
En vísperas de los Juegos, la suerte se burla de nuevo de su ensoñación. Bala para llegar a la meta. ¡No llega! Hacia la pierna izquierda; el dolor, terrible. Lo peor: le devora las ilusiones. La lesión le impide participar en el certamen.
Tokio 1964. Acaba de quebrar el récord del orbe en los 10 mil metros. No obstante, la vida le “saca la lengua” a él y a su marca. Noveno puesto en los 5 mil. En los 10 mil menos mal que alcanza un bronce. Mills, de Estados Unidos y Gammoudi, de Túnez, le preceden en los puestos uno y dos, respectivamente.
Llega el año 1968. Sus cuartos juegos olímpicos. Tiene más plusmarcas mundiales en los bolsillos. Y está en Ciudad de México corriendo. Parece que ahora sí… ¡No! Está cediendo El empuje rival lo deja atrás.
En 10 mil triunfa el keniano Tomu; el hombre de Melbourne, relegado al puesto del dolor. En 5 mil se impondrá un viejo conocido: el tunecino Gammoudi; en mil 500 el sol será para otro keniano, Keino; y en maratón vence Mamo Wolde, de Etiopía.
El nombre de Clarke jamás se escribirá junto a los cetros olímpicos. La altura de la tierra azteca le ha hecho más daño que los contrarios y le derrumbó la última oportunidad.
El pecho quiere estallar. Le falta el aire y le sobra la angustia. Los años, más que la propia edad, el cansancio de los miles de kilómetros recorridos en torneos y prácticas, le impedirán asistir a Múnich 1972. Él lo sabe.
Por eso, en esa tarde de 1968, la tristeza se llama Ron Clarke, esa tristeza que se niega al olvido.
