Tengo que reconocer públicamente que no estoy muy interesado en los deportes, aunque cuando muchacho y joven practiqué algo de fútbol y voleibol, y no era de los más malos. También jugué de vez en cuando algún partido de béisbol.
Sin embargo, sentarme delante del televisor a ver un larguísimo partido de fútbol o un juego de béisbol con extrainings, o una carrera de maratón… no, realmente eso no es para mí. En especial detesto el boxeo y la lucha, pero tolero bastante bien la gimnástica, el patinaje artístico sobre hielo y el nado sincronizado.
Por supuesto, como todo buen cubano, me planto frente a la pequeña pantalla –siempre que puedo– durante las actuaciones de los atletas de mi tierra en eventos internacionales y averiguo diariamente cuántas medallas tenemos ya en la bolsa.
Por esa forma de ver la actividad del músculo –quizás extraña para un nacido sobre el lomo de este verde caimán– es que hay muchas cosas de los deportes que no entiendo. Por ejemplo:
El fútbol, ese que los angloparlantes llaman soccer para diferenciarlo del fútbol americano ¿En qué consiste? 20 tipos cayéndole atrás a un balón, por dos horas, en un campo inmenso. Si todos ellos quieren hacerse con la pelota ¿por qué mejor no comprarse una para cada uno? ¿Será que los balones de balompié son demasiado caros?
El béisbol. Resulta que el jugador que tiene el mérito mayor es el que golpea la pelota con más fuerza o la bota ¿Tiene lógica? ¿No debía premiarse al que la protege mejor para que no se pierda ni se dañe?
El boxeo. Dos individuos se encaraman en un pedacito de terreno, cercado por los cuatro costados para que no se puedan escapar, y se empiezan a dar puñetazos de todos los colores. Parece como si sintieran un odio mortal el uno hacia el otro. Sin embargo, cuando termina el pleito, se abrazan y hasta terminan como los mejores amigos.
Algo parecido ocurre en otros deportes de combate. En el judo, por ejemplo, se pasan unos cuantos minutos tirándose de las solapas y desarreglándose las vestimentas.
En la lucha asumen posiciones que son bastante indecentes, pienso yo…
El ciclismo. Si se pusieron de acuerdo para salir a pasear en bicicleta ¿por qué luego tratan de pasarse los unos a los otros? Mejor vayan todos parejos, más despacio y conversando y así será más entretenido.
El sumo. Dos tipos casi desnudos, gordos como toneles porque consumen una dieta que mataría de un infarto hasta a un tiranosaurio rex, se meten en un círculo y empiezan a tratar de arrancarse los calzoncillos el uno al otro ¿No es eso una falta de respeto hacia los espectadores?
En los eventos internacionales se han puesto de moda ahora algunas prácticas que también dejan mucho que desear. Por ejemplo, retratarse mordiendo las medallas como se hacía en la antigüedad para saber si las monedas eran falsas ¿Es que desconfían de la autenticidad de los trofeos?
Ahora también a los deportistas les ha dado por llorar. Si ganan la medalla de oro lloran de emoción, si cogen la de plata lloran de rabia –porque por un pelito no lograron el oro– si lo que alcanzan es el bronce lloran de alegría porque, al menos, se llevan algo. Y los que no alcanzan medallas, bueno, esos lloran de tristeza.
El ajedrez si, ese sí me gusta, a pesar de que el único músculo que desarrolla es el cerebro. El ajedrez es reposado, tranquilo, silencioso y pacífico, aunque en algunas ocasiones –muy contadas– el jugador que pierde se disgusta y tira su rey contra el piso.
Con el desarrollo de Internet, hasta se puede jugar online y es mejor porque usted no tiene ni siquiera que verle la cara al contrario.
Ahora que los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro ya terminaron con un honroso lugar 18 para Cuba, me he puesto a reflexionar sobre todos esos aspectos y decidí publicar mis dudas por si acaso algún lector entendido me ayuda a comprender esos detalles de los deportes.

