
Evento Cubaila, fiesta del deporte para todos alrededor del pais. Foto: Radio COCO.
Hay que encontrar los caminos para que el deporte, en el momento que vivimos, se mantenga vivo aun cuando ya no existe el aporte decisivo del campo socialista, cuando el bloqueo se ha reforzado y algunas heridas no acaban de cicatrizar por ideas y realizaciones erróneas nuestras.
En el contexto actual, la masividad y el uso de la ciencia y la técnica han recibido golpes fuertes, en un planeta donde Don Dinero danza sabroso en medio de la comercialización despiadada, de la que no escapa ni el olimpismo.
Los senderos correctos no fueron buscados eficientemente por muchos que estaban en la obligación de hacerlo, y que ante el peligroso acercamiento en diversas competencias y las flaquezas mostradas, permanecieron demasiado arraigados a la búsqueda de resultados de primer nivel y el deseo de ganar medallas, aspectos que no han dañado profundamente.
Fidel Castro expresó el primero de septiembre de 1976: “Nos gusta ganar medallas de oro, pero más importantes que las medallas de oro son el deporte y la educación física en sí (…). No hacemos deportes solo para producir campeones, los campeones dan la medida del avance técnic o de nuestro deporte (…)”. Esas palabras del Comandante en Jefe encierran lo esencial.
Tampoco se ha comprendido a plenitud lo que nos orientó hace muchísimo tiempo el líder histórico de la Revolución Cubana, cuando el 6 de octubre de 1977, dijo: “El fin número uno es promover con el desarrollo del deporte, el bienestar y la salud del pueblo; y el fin número dos, buscar campeones (…). Es importante que no nos equivoquemos, que por buscar campeones descuidemos la práctica del deporte (…).
Al no respetar siempre esos principios, se quebrantó la tarea primordial de la esfera y, también, el sentido de nuestro movimiento deportivo, pues por mucho avance científico técnico, si no poseemos la masividad adecuada para aplicarlo, será difícil alcanzar (o mantener) resultados relevantes.
Al respecto, el francés Pierre de Coubertin, quien recató el olimpismo a finales del siglo XIX e inicios del XX, opinaba: “(…) un país no es verdaderamente deportista hasta que la mayoría de sus habitantes no experimente el deseo personal del deporte (…)”.
El abogado español Conrado Durántez, fundador del movimiento olímpico en su país, profundizó en esa idea coubertiana. A su juicio se debía pensar “en la salud social que una amplia práctica deportiva puede deparar al margen de los deslumbrantes éxitos deportivos de algunos grandes campeones y a veces equívocos exponentes de una masiva práctica”.
El propio jurista ibérico añadió: “(…) quisiera ver un lugar donde los concursos y los récords fuesen desterrados, pero donde cada adulto en cualquier momento, según su conveniencia, pudiera sin riesgo de ser espiado o criticado, dedicarse gratuitamente a los ejercicios más simples: carreras, saltos, lanzamientos, gimnasia y por un precio razonable, practicar el boxeo, recibir una lección de esgrima, montar a caballo en un picadero o nadar en una piscina (…)”.
A esas magníficas ideas y al debate agrego algunas interrogantes. ¿Acaso Cuba tenía mayor desarrollo ajedrecístico que la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas cuando José Raúl Capablanca se hizo campeón mundial y vencía a los mejores maestros de este país o de cualquier otra nación más poderosa? ¿Había fortaleza en nuestra esgrima cuando en París 1900 Ramón Fonst, de solo 17 abriles, se convierte en el primer as olímpico América Latina y, cuatro años más tarde, encabeza un seleccionado capaz de imponerse en San Luis?
En mi libro Las Olimpiadas de Atenas a Moscú, de la Editorial Gente Nueva (1979), comenté lo siguiente: “Fonst y también Capablanca fueron genios de sus respectivas disciplinas, capaces de derribar todos los obstáculos y burlarse de la lógica con sus condiciones excepcionales. El primero, con Francia como escenario principal, adquirió en el extranjero no solo educación. Ambos, además, no fueron mordidos por la miseria en el costado (…)”.
“La patria del genial deportista no dejó de batallar para ser patria de las mayorías. Cuando los desposeídos se hicieron dueños del camino antes bloqueado, Fonst retornó a la vida por encima de sí mismo. Es florete o sable cubano vencedor en lides internacionales. Y en 1972 de nuevo hubo preseas de oro para atletas cubanos en una Olimpiada. Y las victorias ya no serían únicamente para los fuera de grupo”, glosé en aquel texto que cumple 38 años.
Continuará…

